Cabaret Borgeano (la máquina de pensar)

10 abril 2015 § 2 comentarios


Un curso de Daniel Molina, @rayovirtual (en Twitter)

Treinta años antes de que Foucault escribiera Las palabras y las cosas, cuarenta años antes de que Internet fuera pensada, décadas antes de nuestra experiencia anfibia, entre el mundo virtual y el de los átomos, Borges escribía textos que solo parecen ser comprendidos y disfrutados en toda su riqueza luego de que Foucault, Internet y el mundo virtual se hicieran presentes en nuestra cultura.

A lo largo de 8 semanas, participando de una experiencia que incluye la doble lectura de cada uno de los textos, nos adentraremos en el laberinto Borges.

En cada clase, como forma de disfrutar no solo conceptual, sino también materialmente, los participantes podrán beber una copa de vino, seleccionado por el sommelier del cabaret.

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Programa

12 de mayo: Borges como pensador y como escritor. El hacedor de fragmentos. Los tiempos paralelos. Un infinito de infinitos. La vida: una lectura.
19 de mayo: leemos El jardín de senderos que se bifurcan. (en el libro Ficciones)
2 de junio: leemos El Aleph. (en el libro El Aleph)
9 de junio: leemos Emma Zunz. (en el libro El Aleph)
16 de junio: leemos Ensayos: El idioma analítico de John Wilkins; El pudor de la historia; Kafka y sus precursores. (todos, en el libro Otras inquisiciones)
30 de junio: leemos Pierre Menard, autor del Quijote. (en el libro Ficciones)
7 de julio: leemos Tres versiones de Judas (en el libro Ficciones) y El Biathanatos (en el libro Otras inquisiciones)
14 de julio: leemos Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (en el libro Ficciones) y El tintorero enmascarado Hakim de Merv (en el libro Historia Universal de la Infamia)

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El curso se realizará los martes, de 19 a 21, en el BeBop Club. Moreno 364.

Comienza: el martes 12 de mayo

Finaliza: el martes 14 de julio.

(Los martes 26 de mayo y 23 de junio no habrá clases)

La matrícula del curso completo (dos meses) cuesta $1.200 e incluye, además, una copa de vino por clase.

Aquí se pueden inscribir por Internet: http://bebopclub.com.ar/agenda/cabaret-borgeano-la-maquina-de-pensar/

ES IMPRESCINDIBLE LA INSCRIPCIÓN PREVIA. La misma se realiza por Internet en www.bebopclub.com.ar, o en efectivo, de lunes a sábados, de 12 a 20 en Aldo’s, Vinoteca y Restaurante (Moreno 372) o en el Bebop Club.

El Principio (texto de Jorge Luis Borges)

12 diciembre 2014 § Deja un comentario


Dos griegos están conversando: Sócrates acaso y Parménides.

Conviene que no sepamos nunca sus nombres; la historia, así, será más misteriosa y más tranquila.

El tema del diálogo es abstracto. Aluden a veces a mitos, de los que ambos descreen.

Las razones que alegan pueden abundar en falacias y no dan con un fin.

No polemizan. Y no quieren persuadir ni ser persuadidos, no piensan en ganar o en perder.

Están de acuerdo en una sola cosa; saben que la discusion es el no imposible camino para llegar a una verdad.

Libres del mito y de la metáfora, piensan o tratan de pensar.

No sabremos nunca sus nombres.

Esta conversación de dos desconocidos en un lugar de Grecia es el hecho capital de la Historia.

Han olvidado la plegaria y la magia.

El disfraz

20 noviembre 2014 § Deja un comentario


Yo estaba enamorado del Príncipe Valiente. Tenía todos sus libros de la colección Robin Hood. A través de las ilustraciones que acompañaban el relato, me comunicaba con un universo maravilloso: cada lámina echaba pasto seco a las llamas de mi imaginación. Me fascinaba esa melenita que usaba el héroe. Una melenita que nunca se despeinaba, ni siquiera en lo más arduo de la batalla.

A partir de los detalles que el ilustrador prodigaba aquí y allá, yo entreveía un mundo que se asemejaba a mi deseo. Esa pollera de metal, que mi héroe usaba sobre unos extraños pantaloncitos (especie de anticipatorias calzas de nylon), me permitía diseñar en la mente una armadura que podíamos usar los niños mariquitas como yo: soñaba que gracias a esa protección, fuerte y grácil a la vez, los raritos podríamos enfrentar indemnes el acecho del mundo atroz.

Mi infantil fervor religioso era tan acentuado que, durante mi confirmación, el obispo auguró que yo también sería obispo. A los siete años era un fiel medieval: quería creer en cualquier cosa que dijera el catecismo y vivía reflexionando sobre los misterios de la fe que me resultaban arcanos.

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La resurrección de la carne y la vida eterna, la virginidad de María y la Santísima Trinidad no me causaban muchos problemas: pensaba que lo que no podía entender se debía precisamente a que eran “misterios” (y serían unos misterios de pacotilla si la pobre mente de un niño fuese capaz de descubrir el secreto de Dios). Lo que me torturaba de la doctrina católica eran esas creencias que estaban entre la fe y la superstición, pero que abundan en la vida cotidiana de los creyentes. Me torturaba que hubiese que amar a Dios más que a los padres. Tampoco entendía por qué uno debía santiguarse en señal de saludo cada vez que se pasaba frente a una iglesia: ¿Es que Dios era tan desmemoriado que no podía recordar que lo habíamos saludado apenas tres cuadras atrás, cuando pasamos por otro templo? De cuestiones parecidas a estas estaba embargada mi alma de niño misionero.

Había inventado una iglesia, que –lo sospecho ahora– debía ser poco ortodoxa, pero que era muy fastuosa: el altar, armado en una de las dependencias que había en el fondo de mi casa, constaba de varios pisos y estaba forrado de terciopelo y recargado de encajes. Para mí, lo mejor de ser obispo consistía en poder usar –sin ninguna culpa que mancille el placer– esos maravillosos trajes de madama rica, hechos con las telas más raras, adornadas de oro, púrpura y piedras preciosas. Había conseguido muchos jarrones atiborrados de flores, que cambiaba casi a diario; abundaban las velas y las imágenes de santos.

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A mi iglesia concurrían varios niños del barrio que se arrodillaban ante mi altar y juntaban sus manitas devotas con un recogimiento que no se les veía cuando sus madres los arrastraban los domingos a la iglesia oficial. Me sentía feliz como patriarca de esa iglesia, a pesar de que mi culto alentaba sospechas extrañas en mis padres. Ellos solían caer de improviso. Con sigilo abrían la puerta y quedaban pasmados por lo que veían: muchos niños –mis fieles– que permanecían en silencio, mirando extasiados las flores, los santos, las estampitas y los drapeados, en vez de abandonarse depravados a alguna orgía bestial.

Desde muy pequeño amaba los trajes de época y el vestuario espléndido de las películas de Hollywood. Recuerdo una tarde de mi infancia en la que iba con mi tía Fela viajando en un trolebús (era una tranquila Buenos Aires de calles adoquinadas). Mi tía llevaba una revista femenina dedicada al carnaval, llena de fotos de disfraces. Ella quería que yo eligiera uno para lucirlo en el corso de ese año. Me enamoré del traje de gallito. Estaba cansado de ser pirata o de vestirme de gaucho: quería tener plumas de colores, un pico amarillo rabioso y una cresta tan roja que al verla hubiera que entrecerrar los ojos.

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Faltaban aún unos años antes de que leyera esta frase de Oscar Wilde: “Si se le pide a un hombre que nos cuente su vida, mentirá; démosle una máscara y dirá la verdad”. Sin embargo, a los seis años, cuando pedí el disfraz de gallito, yo ya la entendía perfectamente.

Nos falta tragedia: la política y los medios no tienen poesía.

28 septiembre 2014 § 1 comentario


Vamos a un mundo de inestabilidad política. En todas partes los que pierden las elecciones no soportan que gobiernen los que ganan.

El mundo no tiene sentido. Somos los seres humanos los que inventamos el sentido. Y lo cambiamos cada tanto. Eso se llama Historia.

No hay un sentido verdadero del mundo. Solo hay sentidos de mundo que vamos inventando y que aceptamos mientras nos sirven.

Los griegos inventaron la tragedia para pensar la vida política sin someterse al instante. Todavía hoy es la posición más lúcida.

La tragedia aparece cuando algo del orden de lo tremendo rasga el velo del mundo y lo que aparece ante nosotros nos deja sin palabras.

La tragedia griega, como arte, era un intento de restaurar el orden del mundo, destruido por el horror sin lenguaje. Era poesía para pensar.

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Ahora tenemos horror pero no tenemos un lenguaje poético que sea capaz de restaurar el orden dañado del mundo: tenemos drama, no tragedia.

La tragedia griega nace en las dionisíacas: las fiestas de Dionisos, el dios de la exuberancia y el delirio, que borra las fronteras.

Para restaurar el orden del mundo, que había sido dañado por el delirio y el horror, se sacrificaba un animal: el chivo expiatorio.

De Grecia nos viene el lenguaje social: cuando una comunidad necesita reparar el horror sufrido busca inmolar chivos expiatorios.

No es necesario que “realmente” una sociedad haya sufrido un descalabro monstruoso. Alcanza, para vivir en horror, que muchos lo crean.

Desde el punto de vista lógico, el chivo expiatorio no tiene nada que ver con la ruptura del orden simbólico.

El chivo expiatorio puede ser cualquier cosa que una sociedad pueda sacrificar: lo que le sirva para restaurar el orden simbólico dañado.

La Alemania derrotada en la Primera Guerra Mundial encontró en las grietas a su chivo expiatorio. Los indeseables: judíos, gitanos, gays.

La época contemporánea, cada vez menos religiosa aunque fanática, no encuentra un chivo expiatorio que la conforme. Oscila.

El gran chivo expiatorio de la contemporaneidad es el político. En especial, el funcionario: de cualquier partido, de cualquier ideología, en cualquier país.

Como el chivo en Grecia o los judíos bajo el nazismo, el político contemporáneo calza perfecto: ocupa el lugar de lo indeseable. Es “sucio”.

Para el que odia, tanto el chivo y el judío como el político deben pagar porque ocupan un lugar que no merecen.

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Al chivo griego, en el rito se lo mataba realmente. Al judío también se lo mató en la Alemania nazi y en la Edad Media cristiana.

Ahora la religión no ocupa el centro de lo social, pero los ritos sacrificiales siguen teniendo vigencia. No en la iglesia, sino en la TV.

La “antipolítica” es la expresión religiosa más difundida en el occidente contemporáneo. En esa religión, el sacerdote es el periodista.

¿Quién no odia a los políticos en cualquier país? Son ahora como fueron los judíos para los nazis: inmundos, ladrones, egoístas. Perversos.

Todos los días, en los canales de noticias y en las webs de los diarios, celebramos la ceremonia sacrificial. Las 24 horas, sin descanso.

Los sacerdotes son puros: no caen en la corrupción. El periodista-sacerdote tiene alas que lo mantienen flotando sobre el mundo inmundo.

El circo romano era muy parecido a nuestra TV, pero tenía menos capacidad técnica. Era fruto del gusto de la mayoría por la muerte del otro.

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Hoy los periodistas son los dueños de La Verdad, como los sacerdotes en la Antigüedad. Aunque en la Era Grecoromana eran más tolerantes que ahora.

La mayoría social necesita ritos sacrificiales para tolerar la vida horrible que ha elegido vivir. Quiere que alguien pague por su error.

Por eso, la tragedia se degradó a drama: se escenifica la muerte del político en la TV, mientras vedettes, humoristas, imitadores y periodistas se ríen de la muerte ajena.

El resentimiento (mediatizado por el periodista televisivo) es el sentimiento masivo de nuestra época. La voz de los que no pueden sentirse más que derrotados y violentos.

Si hay un futuro mejor, no será en ese marco.

Tabaquería, de Fernando Pessoa

17 septiembre 2014 § Deja un comentario


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

Curso Borges 2014

19 agosto 2014 § 24 comentarios


Cabaret Borgeano

La máquina de pensar

Un curso de Daniel Molina

Treinta años antes de que Foucault escribiera Las palabras y las cosas, cuarenta años antes de que Internet fuera pensada, décadas antes de nuestra experiencia anfibia, entre el mundo virtual y el de los átomos, Borges escribía textos que solo parecen ser comprendidos y disfrutados en toda su riqueza luego de que Foucault, Internet y el mundo virtual se hicieran presentes en nuestra cultura.

A lo largo de 8 semanas, participando de una experiencia que incluye la doble lectura de cada uno de los textos, nos adentraremos en el laberinto Borges.

En cada clase, como forma de disfrutar no solo conceptual, sino también materialmente, los participantes podrán beber una copa de vino, seleccionado por el sommelier del cabaret.

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Programa

  1. Borges como pensador y como escritor. El hacedor de fragmentos. Los tiempos paralelos. Un infinito de infinitos. La vida: una lectura.
  2. El jardín de senderos que se bifurcan. Ficciones.
  3. El Aleph. El Aleph.
  4. Emma Zunz. El Aleph.
  5. Ensayos: El idioma analítico de John Wilkins; El pudor de la historia; Kafka y sus precursores. Otras inquisiciones.
  6. Pierre Menard, autor del Quijote. Ficciones.
  7. Tres versiones de Judas (El Biathanatos). Ficciones. Otras inquisiciones.
  8. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (El tintorero enmascarado Hakim de Merv) Ficciones. Historia Universal de la Infamia.

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El curso se realizará los lunes, de 19 a 21, en el BeBop Club. Moreno 364.

Comienza: 15 de septiembre.

Finaliza: 10 de noviembre.

La matrícula del curso completo (dos meses) cuesta $800 e incluye, además, una copa de vino por clase.

ES IMPRESCINDIBLE LA INSCRIPCIÓN PREVIA. La misma se realiza, de lunes a sábados, de 12 a 21 en Aldo’s, Vinoteca y Restaurante (Moreno 372) o en el Bebop Club.

Desde la torre, por Quevedo

27 julio 2014 § Deja un comentario


Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.

 

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.

 

Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años, vengadora,

libra, ¡oh, gran don Iosef!, docta la emprenta.

 

En fuga irrevocable huye la hora;

pero aquélla el mejor cálculo cuenta

que en la lección y estudios nos mejora.

 

(es uno de mis sonetos preferidos de Quevedo; ojalá lo disfruten)

  • Daniel Molina

    Daniel Molina es escritor. Se dedica a la crítica cultural, con especial énfasis en las nuevas tendencias en el arte, la literatura y la vida cotidiana.

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