La cárcel como espacio de libertad

16 mayo 2011 § 2 comentarios


Conocí a Manuel Puig en Río de Janeiro. Fue en 1988, en el departamento que tenía en el barrio de Leblón. Estaba terminando de escribir la que sería su última novela, Cae la noche tropical. El libro estaba en pleno proceso de corrección final. Lo ayudé a mecanografiar las páginas ya definitivas en su famosa Olivetti portátil. Así fue que pude ver su proceso de reescritura, casi microscópico, pero de resultados devastadores: apenas si agregaba un adjetivo o cambiaba la ropa de un personaje, pero eso terminaba transformando el clima de la escena o dándole a la acción un sentido nuevo. Esa novela escrita al final de su vida es también una novela sobre el final de la vida.

Yo había ido a Río para invitarlo a participar en un homenaje que le queríamos realizar en el Centro Cultural Ricardo Rojas con motivo de cumplirse 20 años de la aparición de su primera novela, La Traición de Rita Hayworth (publicada por Jorge Alvarez en 1968). Puig, quien se sentía muy dolido por el silenciamiento al que había sido condenada su obra en la Argentina (desde que se exilió nunca más logró ser difundida masivamente), decidió finalmente no venir a ese homenaje.

Sin embargo, durante el mes que estuve en Río pasé varios días en su casa. Como yo había estado casi una década en la cárcel por motivos políticos, Puig se interesó mucho en que le contara sobre la vida en la prisión. Y como además soy gay, Puig se interesó mucho en saber cómo había vivido el hecho de ser a la vez preso político y homosexual. Recuerdo que, al final de una de nuestras largas charlas sobre el tema, me dijo una frase que conservo en mi memoria como si fuera una condecoración: “Si te hubiera conocido entonces, El beso de la mujer araña no sería un diálogo sino un monólogo”.

A Puig le entusiasmó pensar que se podía reunir a Molina y Valentín en un único personaje. Eso le hubiera permitido condensar aún más la historia, darle mayor intensidad. Molina y Valentín reunidos en uno era también la posibilidad de apelar a una corriente de conciencia -como las que había construido con maestría en La traición de Rita Hayworth– extremadamente compleja y original. Una especie de discurso sobre lo no escrito o lo que le parecía casi imposible de pensar. Mientras más se internaba Puig en las posibilidades que surgían de reunir en un personaje a Valentín y Molina, más problemas se le aparecían. Y eso estimulaba más su curiosidad.

Haber podido discutir estas cuestiones con él me permitió ver la forma en que se internaba en un relato, planteándose problemas, haciendo de cada línea la resolución de un momento difícil, el salto de una valla. Y eso me parece esencial para captar la dimensión de su obra, porque ese esfuerzo no se nota nunca cuando se lee una novela suya. Los libros de Puig son como las grandes películas de Hollywood, aquellas que costaron mucho filmar, en la que trabajaron cientos de personas talentosas, pero que no nos dicen nada de ese esfuerzo mientras las miramos: sólo las disfrutamos.

II

El beso de la mujer araña sucede en una cárcel, en el espacio reducido de una celda. Dos hombres comparten su vida allí. Uno de ellos es mi tocayo, Molina. Fuera de la cárcel él se ganaba la vida decorando vidrieras. Es un homosexual que tiene actitudes femeninas muy estereotipadas. Se ha fijado en una imagen de mujer que se inspira en la heroína romántica, batalladora pero siempre sumisa al varón, que popularizó Hollywood en los 30 y 40. Este homosexual desearía reproducir -por cierto que de manera perversa- un tipo de pareja heterosexual muy anticuada, con la “mujer” viviendo en adoración de su hombre. Molina soñaba con ser la mujer que las mujeres ya no desean ser.

El otro hombre que está en esa celda es Valentín, un típico guerrillero de los 70, un creyente en la redención socialista del mundo. Aunque son muy diferentes, casi polos opuestos, ambos son soñadores, aunque de sueños distintos. La novela es un largo diálogo, pero ese diálogo los separa. Cada uno habla de cosas por las que el otro nunca se interesó. Valentín critica a Molina su falta de interés en la política, que es lo único que cuenta para él. Y Molina sólo habla de su vida personal. Y de sus fantasías, que coinciden con los estereotipos de viejas películas de propaganda nazi.

La relación que se va entablando en esa celda es muy compleja: dos hombres encerrados todo el día juntos, hablando de cosas distintas y sin embargo acercándose de a poco al mundo del otro. Esta es una novela sobre el arte de la seducción. Ellos van entendiéndose más allá del diálogo. No hay dialéctica en Puig.

            El escribió esta novela en México. Había tenido que salir de la Argentina porque el gobierno peronista prohibió oficialmente su tercer libro, The Buenos Aires Affair, y grupos parapoliciales lo amenazaron de muerte. En México conoció a otros exilados, algunos de los cuales habían estado en la cárcel, y los entrevistó para recoger material para El beso de la mujer araña.

Además de esta razón biográfica también hay una razón estructural, interna a la narración, que hacía necesario que este libro se escribiera fuera de la Argentina: en ese momento existía una contradicción insalvable entre el proyecto de Puig y el estado de la cultura nacional. Si bien en todas las ficciones de Puig se puede rastrear una sensibilidad gay, en la única novela suya en la cual la homosexualidad es explícita es en ésta. Y esa explicitación era absolutamente intolerable en un momento en que el gobierno peronista no toleraba ni siquiera insinuaciones eróticas y la Juventud Peronista recorría las calles cantando: “no somos putos, no somos faloperos, somos de FAR y Montoneros”.

O quizá sea al revés (lo que es lo mismo): El beso de la mujer araña resultó tal como lo conocemos porque Puig lo escribió fuera del país. Al comienzo de este proyecto Puig no había pensado en una novela en la cárcel ni con un homosexual como protagonista. Pero cuando empezó a buscar el modelo femenino que quería para su relato vio que las mujeres contemporáneas no se parecían a la mujer que él necesitaba para su historia. Sólo la loca, el homosexual afeminado en extremo, era capaz de protagonizar una historia casi inverosímil. Encontrar ese personaje y ubicar la acción en el espacio cerrado de una celda fue una visión genial, ya que le permitió condensar múltiples cuestiones y sentidos con una densidad infinita.

Escrita en México pensando en la Argentina la novela se universalizó. Lo local se volvió global. La historia tiene que ver con la represión típica de las dictaduras latinoamericanas de la época. Pero a la vez tiene que ver con muchas otras cuestiones. No es un libro de testimonio o denuncia. Puig trata de cuestiones esenciales de la cultura moderna y de las relaciones entre las personas, más allá de las identidades asumidas o soñadas. Por eso, con el tiempo, El beso de la mujer araña se convirtió en un libro traducido no sólo a varios idiomas sino a otras culturas. Y también traducido a otras artes. Además de las versiones teatral y fílmica, se la ha trasvasado a un género que parecía impensable: la comedia musical.

Cuando Puig terminó de escribir la novela ya sabía que no la podía publicar en Buenos Aires, donde reinaba la dictadura de Videla. Y pensó una opción radical: ser publicado directamente en otra lengua, traducido (se trataba no sólo salir de la Argentina sino del castellano). Les envió el manuscrito a sus editores en Francia e Italia (Gallimard y Feltrinelli, respectivamente). Ambos le dijeron que no estaban interesados en el libro y además le recomendaron que lo destruyera, ya que pensaban que iba a perjudicar su reputación. Creían no sólo que era literariamente pobre sino también ideológicamente peligroso. Resignado, Puig envió el manuscrito a España. Y fue un éxito, ya que coincidió con el inicio de la movida posfranquista.

Un rodeo parecido se repitió con la versión fílmica. Se realizó en Brasil, dirigida por un argentino que vive en San Pablo, Héctor Babenco, y fue interpretada por un norteamericano (William Hurt), un puertorriqueño (Raúl Juliá) y una brasileña (Sonia Braga). Fue la primera película independiente en obtener cuatro nominaciones al Oscar y también la primera en ganar uno, el de actuación masculina para William Hurt. Ese Oscar a Hurt es aun más excepcional porque fue el primer premio de la Academia del Cine Norteamericano otorgado a un personaje gay. También fue la primera producción musical de Broadway que habló de persecución política, torturas y amores entre hombres de manera explícita. El beso de la Mujer Araña parece hecha para transmutarse y funcionar en todos los espacios.

Esta novela es una especie de objeto multimedia anticipatorio. Escrita dos décadas antes de que la cultura digital comenzara a difundirse, parece anticiparla y ya de alguna manera desenmascararla. Es claramente un relato. Pero Puig es un narrador que inventó nuevas posibilidades de contar una historia. Sus libros, y éste en particular, no sólo renuevan las formas narrativas sino que expanden las posibilidades del lenguaje literario: lo sacan del libro, lo sacan de lo linealmente “literario”, le dan la densidad de la materia y la multidimensionalidad de la vida.

En sus libros todo puede significar. La música, el radioteatro, la publicidad, el cine, la televisión, el psicoanálisis, el teatro, las artes visuales, la crítica, las teorías, los recuerdos reprimidos, los informes forenses, la escritura de los niños. Todo se integra. Todo se desintegra. En sus novelas hay múltiples puntos de vista, narraciones en varias primeras personas y también en tercera, acotaciones entre paréntesis, típicas de una obra de teatro o de un guión cinematográfico, notas al pie. La página se convierte en una pantalla. Su proyecto es absolutamente actual, no coincide con las lecturas setentistas: en sus textos literarios integra todos los productos y los discursos de la industria cultural, esa bestia negra de los seguidores de Theodor Adorno.

III

Yo leí El beso de la mujer araña mientras estaba detenido en la cárcel militar de Magdalena, a fines de los 70. El libro estaba prohibido en la Argentina, pero un amigo de la familia lo había traído del exterior y logró engañar a la censura que había en la cárcel porque a los censores el título les pareció típico de un folletín, es decir, algo “inocente”, “femenino”. Ellos desconocían no sólo todo sobre ese libro sino sobre el autor. El silenciamiento que se había producido sobre Puig fue, en este caso, un arma de doble filo.

Esa lectura la realicé en condiciones muy difíciles. Desde 1977 la vida en la prisión fue aun más mortificante. En el momento en que leía el libro de Puig se hablaba ya de asesinatos dentro de las cárceles argentinas, incluso de los presos legalmente reconocidos. A los que estábamos en el penal militar nos habían sometido a simulacros de fusilamientos. Llegué a sentirme como el personaje del cuento “El milagro secreto”, de Jorge Luis Borges, ya que cada noche al cerrar El beso de la mujer araña yo no sabía si podría seguir la lectura al día siguiente, si mi vida duraría lo suficiente como para alcanzar el final del relato.

Para mí fue un libro esencial: fue entonces cuando comencé a preguntarme si yo era Molina. Una pregunta que en el primer momento quería decir si yo era la loca sin vueltas. O me preguntaba si yo era Valentín, es decir el militante político. Y fui descubriendo que yo era un poco los dos a la vez, pero también que quizá no era ninguno de los dos. Ni tan loca ni tan militante (aunque cada vez más loca y menos militante). Fue entonces que comencé a pensar que no hay identidad fija: no hay forma más segura de perdernos que fijar una identidad, marcar un destino.

Desde que leí en una cárcel argentina esta novela de Puig que hablaba de la cárcel argentina sentí que tratar de definir qué somos es una cuestión empobrecedora. Nunca somos lo que decimos ni decimos lo que somos. No pensamos nunca en donde estamos y, cuando estamos, no pensamos.

Ese fue mi momento epifánico: la literatura se transformó en vida. Y la vida en obra de arte.

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§ 2 respuestas a La cárcel como espacio de libertad

  • Virginia dice:

    Yo, en cambio, lo conocí a Puig (pienso que la escritura y la lectura son formas de actualización) recién ahora, a mis 29 años, y en pocos meses sus novelas me atraparon, primero fue Buenos Affaire, después El beso de la mujer araña y ahora Pubis Angelical. Es exactamente como vos decís, Puig utiliza una escritura en apariencia sencilla pero que da cuenta de un enorme trabajo de elaboración, de precisión de cada personaje, cada elemento de la “puesta en escena” y cada inserción discursiva (discurso forense, periodístico, policial, fílmico).
    Lo político como voz y carne de los personajes, experiencia de vida, sentimientos, una especie de bolero melancólico de la pérdida.
    Cuando leí El beso de la mujer araña pensaba la genialidad que tuvo con la inserción del relato fílmico en la memoria de uno de los personajes. El recuerdo, el de Puig, el de Molina, el tuyo, el mío.

    Saludos y gracias por tal lindo relato,

    Virginia

  • Franzzo dice:

    Reblogueó esto en All You Need is Bloody comentado:
    “Fue entonces que comencé a pensar que no hay identidad fija: no hay forma más segura de perdernos que fijar una identidad, marcar un destino.

    Desde que leí en una cárcel argentina esta novela de Puig que hablaba de la cárcel argentina sentí que tratar de definir qué somos es una cuestión empobrecedora. Nunca somos lo que decimos ni decimos lo que somos. No pensamos nunca en donde estamos y, cuando estamos, no pensamos.

    Ese fue mi momento epifánico: la literatura se transformó en vida. Y la vida en obra de arte…”

    Daniel Molina sobre Puig.-

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