La nada en estado crudo

4 junio 2011 § Deja un comentario


La TV ni existe. Hace ya años que dejó de ser lo que era. Nadie se dio cuenta, pero nadie la extraña. La hiperfragmentación del público que alienta el cable hizo que la audiencia de los canales de aire se redujera a su mínimo histórico: a comienzos del siglo XXI la cantidad de gente que mira el programa más visto es menor que la que lo hacía hace 50 años, en un país que duplicó su población.

La TV no existe, pero todos hablan de ella todo el tiempo. Dejó de ser pura imagen para transformarse en puro discurso. Ya no se la mira: se la lee en los medios, se la oye en la radio, se la comenta en el trabajo, se la discute en Twitter y hasta se la puede ver en YouTube. En la Argentina hay millones de personas que no han visto en lo que va del año un solo segundo de ShowMatch y, sin embargo, conocen cada detalle de las peleas del jurado o cualquiera de los desbordes de los participantes. Especie de objeto radiactivo, la TV dejó de ser el núcleo de la cultura contemporánea, pero sigue irradiando nuestra época: sus efectos los perciben incluso los que ni siquiera la encienden como música de fondo.

La TV dejó de existir porque no cree en la diversidad: es monoteísta. Sólo acepta un estilo a la vez: estilo que se transforma así en el género dominante. Hasta fines de los 90, ese género era el teleteatro. Todo se regía según su lógica. Incluso los noticieros eran “actuados”. Mónica Cahen D’Anvers y César Massetti “interpretaban” las noticias. Cada niña que lograba salir bien de una operación de trasplante de órgano era visitada por Mónica, que le dedicaba su mirada más emocionada. César se indignaba en cámara con las denuncias de corrupción estatal y comentaba, pícaro, los desfiles de ropa interior femenina. Mónica lo censuraba con ternura, interpretando el papel de esposa comprensiva con las fantasías del marido.

El proceso televisivo argentino siguió la tendencia mundial. En todas partes la TV ha muerto. En los EE.UU. murió con gloria. El último programa de TV que se produjo allí fueLos Soprano. A lo largo de ocho años, esta obra maestra de la cultura pop se basó en una trama compleja, que abundaba en contradicciones éticas, conflictos psicológicos y entrelíneas ingeniosas. Los Soprano enfrentaron al público con los dilemas de la época al mezclar densidad existencial, violencia y sinsentido. La pequeña banda de Tony Soprano debe pelear su territorio con los recién llegados, más feroces que ellos y más inescrupulosos: las pandillas juveniles, los rusos, los latinos. Además, el crimen en gran escala al fin del milenio ya no pasa por las mafias sino por las grandes corporaciones. En un momento de tristeza, Tony lo reconoce: “Esto ya no es lo que era; ahora, el dinero de verdad se lo llevan los de Enron”.

En el mismo momento en el que Los Soprano interpretaban el momento supremo de la ficción televisiva surgía el nuevo género que desde entonces domina lo que queda de la TV: el reality show, una forma de ficción que exige del público que la crea tan “real” como la vida misma. La primera forma de reality show que copó la escena fue el reality duro: Gran Hermano. Su potencia enunciativa radica en mostrar el mundo tal como lo percibe una mirada pesimista: “es así, sin ilusiones”. Pone en escena la nada en estado crudo: se ve el sinsentido y el absurdo como componentes esenciales de la vida cotidiana.

El reality duro es de tradición europea. Suele tener el espesor soporífero del cine “independiente”: muchas horas sin que suceda nada. El secreto de su éxito (y también su rápida declinación) radica en su lógica paradójica: es un entretenimiento aburrido. Es la vida cotidiana encerrada en un campo de concentración benévolo. Como en un empleo público, los participantes hacen que hacen algo, pero no hacen nada. Como en un empleo privado, los participantes hacen algo, pero lo que hacen no sirve para nada.

Al reality duro le siguió el reality de destrezas: American Idol en EE.UU. y Bailando por un sueño en la TV local. El reality de destrezas muestra que las naderías que están en la trama invisible que sostiene el mundo pueden transformarse en fuente de diversión e, incluso, provocar euforia. Es hollywoodense: todo en él es espectáculo, no hay vacío (no es nada vanguardista: cada segundo cuenta), y promete que, a pesar de todo, habrá un final feliz. Todas las mujeres seleccionadas para participar en Bailando por un sueño son atractivas. La cámara se detiene sobre nalgas y pechos; las que no son tan pulposas se pierden unos segundos de fama. Por lo general, la mayoría de las mujeres participantes no sabe bailar, pero lo compensan con sonrisas y cuerpo. Ese déficit de las chicas hace que se luzcan más los muchachos, quienes, además de bailar bien y ser simpáticos, suelen ser lindos (lo que es muy raro en la TV argentina).

El reality de destrezas no le debe nada a la cultura del pasado. Es el aquí y ahora en estado puro. Pone en escena la arbitrariedad que gobierna la relación que entabla cualquier persona con alguien que tiene poder: ya sea el jurado de ShowMatch, el voto del público en Gran Hermano o el jefe de la empresa en la que se trabaja. La vida cotidiana tiene la lógica del reality: en ella, absurdamente, todos estamos nominados.

Los géneros del pasado subsisten como zombies insepultos: el teleteatro ocupa la franja de la tarde y sigue repitiendo exactamente el mismo guión. Sólo cambia el decorado, la cara de los actores y actrices, el vestuario, los nombres y el acento con el que se lo pronuncia: mexicano, colombiano, venezolano o, incluso, argentino. Los unitarios y las tiras nocturnas son, a la vez, subproductos del teleteatro y sus parientes ricos, pero son también los que están más en decadencia. Ninguna de las expresiones que se basan en el teleteatro ha logrado adaptarse a Internet.

Hasta fines del siglo pasado era cierto que lo que no estaba en la TV no existía. Ahora, eso se puede decir de Internet. El reality es un discurso extraño a la Red: su estructura conceptual no tiene nada que ver con la web. La única producción televisiva argentina que tiene una estructura propia del mundo virtual es Peter Capusotto y sus videos. Es una ficción, una apuesta política, un reality del reality, un noticiero por otros medios, un programa de humor, una selección musical y mucho más. Es el género degenerado. No trata de aparentar medios con los que no cuenta: produce arte desde la precariedad, sabe sacarle el jugo a los inconvenientes.

La gramática del programa (un video musical, un corto de ficción, otro video, otro corto) es elemental. Combina fragmentación y pobreza con una lucidez apabullante. Es el hijo sabio de la cultura web: interconecta fragmentos, trabaja con los desechos. Mezcla, en el personaje del Bombita Rodríguez, la estética pop ingenua del Club del Clan con el discurso político (ni menos pop ni menos ingenuo) de los 70 y hace estallar el sentido común.

No es casual que en el marco de Peter Capusotto y sus videos haya surgido la más interesante obra de arte del siglo XXI: el personaje de Violencia Rivas. Este personaje desopilante problematiza hasta el extremo su propio discurso: ya no es TV aunque se lo produzca en la Televisión Pública. Es el lenguaje futuro que se está haciendo hoy. Es impensable sin el talento de Saborido y Capusotto, pero también sin la existencia de Internet. Viene de la “vieja” escuela televisiva de Chachachá y Todo por dos pesos (es decir: Telecataplum,  Monty Python y Kids in the Hall), pero la supera ampliamente.

Sostiene una posición política y cultural de crítica sistemática (contra todos los poderes), pero esa crítica se da en un contexto de soledad y reviente extremos. El discurso de Violencia Rivas es de una lucidez apabullante; pero esa lucidez no sirve más que para encerrarse a enloquecer. Es a la vez, la diatriba más feroz contra nuestra cultura y la producción más radical que nuestra cultura pudo producir. Es la hija rebelde de la finadita TV, pero ya habla el lenguaje remixado de Internet.

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