Es todo tan fugaz

6 julio 2011 § Deja un comentario


1. La vida no tiene ningún sentido. Si pudiéramos enfrentarla sin la intermediación de nuestra mente, no sólo veríamos lo caprichosa e incomprensible que es, sino que nos moriríamos de aburrimiento. La vida no tiene guión.

A diferencia de los demás animales, sabemos que vamos a morir. Es la muerte  la que nos permite inventarle sentidos a la vida. “El hombre es una pasión inútil”, dijo Jean-Paul Sartre para referirse a ese instante en el que comprendemos que somos seres-para-la-muerte. El instante en que todo cobra sentido: cada minuto vale. Si fuéramos eternos, quizá no habríamos inventado el arte. O el arte que hubiéramos inventado no tendría la densidad existencial de las fotografías que Guillermo Giambiagi (Buenos Aires, 1957) reúne en Naturaleza Quieta.

En las imágenes de Giambiagi hay una insistencia en el detalle, en las variaciones minúsculas, en los pequeños gestos. Es esa insistencia la que le permite construir con casi nada un universo infinito: el de una vida pensada como pura rememoración.

Giambiagi es un fotógrafo de formación tradicional, que ha trabajado durante décadas con las cámaras analógicas. Esta muestra es la primera en que las fotografías fueron tomadas con una cámara digital, pero sigue sin posproducirlas: son tomas directas ampliadas. Tiene tan acostumbrado el ojo a la imagen sin color que cuando tomaba las fotografías que integran Naturaleza Quieta veía los objetos en blanco y negro.

La belleza es superior a la inteligencia porque no necesita explicarse. Brilla. Ese brillo (que es más profundo cuanto más tenue y sutil es) ilumina nuestro horizonte: nos da sentido. De esa energía surge una alegría que desconocíamos. Las imágenes que Giambiagi presenta en Naturaleza Quieta dibujan un mapa impreciso del recuerdo. Del papel que juega el recuerdo en la construcción de una vida. No somos más que la huella de lo que creemos recordar que vivimos. Estamos vivos porque hemos pasado por allí.

Las imágenes de Naturaleza Quieta fueron tomadas en la vieja casa de veraneo que los abuelos de Giambiagi construyeron frente al mar en Punta Mogotes. La casa ya tiene más de siete décadas: cada rincón, cada objeto está cargado de sentido. Cada partícula dice algo. Remite a un instante pasado. Habla por alguien que ya no está. Remite a momentos que se fueron para siempre. Tiene la carga ominosa y fascinante de lo perdido. La memoria insiste en los objetos.

 

 

2. Naturaleza Quieta dialoga con dos grandes entusiastas del detalle: el checo Josef Sudek (1896-1976) y el húngaro André Kertész (1894-1985). Ambos maestros de la fotografía trabajaron varios registros, en especial Kertész, quien tuvo una larguísima carrera, tanto en Europa como en los Estados Unidos, y cuyas imágenes son símbolos esenciales en la configuración del lenguaje fotográfico moderno.

Los originales puntos de vista de Kertész, sus investigaciones con las imágenes distorsionadas y su increíble capacidad para el ensayo fotográfico (contar un complejo relato con apenas unas pocas imágenes) lo han erigido como una de las figuras mayores del arte del siglo XX. Sin embargo, las fotos de Giambiagi no entablan conversación con el núcleo incandescente de la gran producción de Kertész, sino con sus márgenes gloriosos: sus “retratos de cosas”, que exploró en los 20, y con las polaroids de sus días finales, en las que captaba objetos en la ventana del living de su departamento en Washington Square Park, en la ciudad de Nueva York. Estas polaroids fueron tomadas después de la muerte de su compañera de toda la vida, Elizabeth Saly, y están cargadas de una infinita melancolía.

También son melancólicas las fotografías que tomó Sudek tras el encierro auto infligido en su casa de Praga luego del triunfo nazi. La mirada minuciosa que se detiene en los rincones de la casa. El vidrio empañado por el vapor de la calefacción: no hay nada fuera, salvo la muerte. En la Primera Guerra Mundial, a los 20 años, Sudek perdió su brazo derecho, y esa amputación fue lo que lo impulsó a dedicarse a la fotografía (tuvo que abandonar su trabajo como encuadernador, lo que requería una destreza manual que ahora le resultaba imposible). Frente a la Segunda Guerra, más que en dar cuenta del horror de la carnicería salvaje en que se vivía, Sudek se centró en recoger los signos invisibles y frágiles del mundo que se derrumbaba.

Nostalgia. Dolor por el pasado. Un mundo que cae. Tanto Kertész como Sudek (como Giambiagi) registran lo que queda cuando ya nada queda. Cuando lo que queda es del orden de lo inmaterial: puro recuerdo, el amor perdido, las caricias y las sonrisas que no volverán jamás. Kertész tuvo esa mirada desde el comienzo. Una de sus fotos icónicas (Chez Mondrian, 1926) ya da cuenta de esa predilección por lo ido: la imagen está partida en dos grandes zonas irregulares; a la izquierda, sobre una pequeña mesa, se ve un jarrón con un ramillete de flores; a la derecha, enmarcado por la puerta abierta, se ve un tramo de la escalera caracol que comunica los distintos pisos de la casa de Mondrian. Pura geometría, pura poesía.

En “Melancolic tulip”, de 1939, Kertész capta un tulipán que desfallece en el florero. En “New York City, 25 de febrero de 1951”, la imagen es un conglomerado de fragmentos: el trozo inferior de un cuadro en el que se ve un paisaje renacentista, un plato con peras ocupa el primer plano, la tapa de un armario que soporta el plato, trozo de pared. Ese rejunte de fragmentos es una imagen falible, pero fiel, de la memoria: de esos retazos incomprensibles está hecho el recuerdo.

 

3. No son los objetos sino el recuerdo lo que fotografía Giambiagi. Mejor dicho: los objetos en los que se detiene obsesivamente son los signos endebles de un recuerdo que no logra atrapar. “Obsesión” es la palabra que describe la operación de esta serie de fotografías. Naturaleza Quieta es el registro siempre incompleto de lo que queda de la vida en familia: objetos cargados de sentido.

Las imágenes de Naturaleza Quieta insisten en decir lo mismo. En decir que lo mismo es muy diferente. Que una pequeña variación es el colmo de la diferencia. Que cada cosa vista desde un ángulo diferente (una diferencia mínima, de un grado) es otra cosa. Las cosas no son cosas: son huellas del afecto.

Las cosas se cargan con las emociones, los recuerdos, los sentimientos con las que fueron manipuladas. Los cosas son magmas de energía. Ellas conservan esa energía de las situaciones del pasado que ahora añoramos. Pero son avaras: no sueltan esa energía. Por más que se las interrogue y se las quiera forzar, las cosas siguen sin entregarnos el secreto.

Lo primero que vemos en las fotos de Giambiagi es lo que los objetos dicen: lo humano está ausente. Lo humano es la ausencia. Cuando los objetos hablan, calla lo humano. En ese silencio se vuelve a recuperar la memoria. El pasado insiste en lo que falta. Porque falta, porque los seres queridos ya no están ahí, porque hemos envejecido, porque no somos los de antes, es que ahora los objetos cuentan.

 

 

4. “Nos pasamos años sin vivir en absoluto y de pronto nuestra vida se concentra en un solo instante” (Oscar Wilde). Son los hechos terribles o grandiosos los que nos sacan del flujo sin sentido de la vida. La muerte de un ser querido o un momento de éxtasis cortan ese flujo continuo y le dan sentido al instante. En las fotos de Giambiagi está la promesa de ese instante privilegiado.

Giambiagi trabaja como un etnólogo: buscando que los objetos le entreguen su misterio, le develen el secreto. El jarrón blanco, el jarrón transparente, el marrón, la botella vacía, con flores o sin flores, el mantel floreado, la otra botella, la copa, la llave de luz, el espejo del baño, la ventana, la cortina, la ventana sin cortina, el mar, el mar en el horizonte. Las repeticiones muestran la diferencia. Es todo tan sutil como en la poesía. Hay que mirar los objetos con cuidado o no vemos nada. Se nos escapa la magia. El sentido.

Lo que Giambiagi retrató es su pasado. El pasado que nunca más tendrá. El que probablemente no tuvo. El que no sabemos si quiso tener. Cada vez que miramos atrás nos convertimos en estatua de sal. Se momifica el recuerdo y perdemos todo. El pasado no es inmodificable: cada vez que pensamos en él es otro pasado.

Para dar cuenta de esa pérdida, los objetos son interrogados obsesivamente. Esa luz: ese momento del sol que ilumina la pared del fondo. Ese otro momento en el que ya no la ilumina. Esa bruma. El recuerdo es la bruma: “¿Qué decía la tía esa tarde de enero de 1967? ¿No te acordás? Pero si nos reímos todos. Ella era tan alegre”.

5. La pérdida. Naturaleza Quieta es el relato de la pérdida. Tenemos esto porque perdimos el pasado. El pasado se quedó a vivir en los 60 o en los 70. No sé tampoco si se quedó en el tiempo o en algún lugar, pero no está con nosotros. Se tienen los objetos del pasado. Se tiene el jarrón que le regaló la tía a la abuela, porque a la abuela le gustaban las chucherías (todos les traían chucherías a la abuela). Y ya no queda más que el jarrón. Queda el objeto cariñoso, el que da pie al recuerdo.

Cuando el jarrón no era recordado sino visto (y al vérselo, la ceguera del presente lo borraba), la abuela estaba viva y la tía contaba chistes. El jarrón no significaba nada. Ahora el jarrón habla por las ausentes. Solo persisten los recuerdos. Los objetos cuentan la ausencia. Insisten en que se envejece. En que se muere. Nos hacen sentir que todo es tan fugaz.

Los objetos son pura imagen. Casi ni tienen materia: tienen tiempo. El minimalismo decorativo es una estrategia para despojar a los objetos de su singularidad emotiva. El minimalismo trata de construir un espacio en el que los objetos no puedan cargarse de sentimientos, de la energía que dispara el recuerdo. Es una lucha perdida. Con el tiempo hasta el hueco vacío de la pared se vuelve significativo. Todo estalla en sentido. Todo se transforma en una frase de la memoria.

Con Naturaleza Quieta, Giambiagi apuntó al corazón de la angustia: la ausencia. No sólo la ausencia de lo que tuvimos y ya no tenemos, sino la ausencia que nos contendrá en el futuro. Naturaleza Quieta dibuja el hueco que seremos en la memoria de los otros.

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