Un monstruo amable (Jack Kerouac)

8 septiembre 2011 § 1 comentario


Mañana cumpliría 79 años, pero, al igual que Rimbaud, es imposible imaginar viejo a Jack Kerouac: es una de las imágenes más embriagadoras de esa potencia mágica que parece rodear a la juventud. Sin embargo, vivió con tal intensidad, tan aceleradamente y tan en riesgo constante que lo verdaderamente extraño es entender cómo alcanzó a vivir 47 años. Su sensibilidad estaba tan a flor de piel que desde muy joven necesitó del alcohol y de las drogas como del aire: sentía que sin el poder hipnótico de esas sustancias la vida le resultaba intolerable.

Al final de sus días le dijo a un amigo: “Soy católico, tengo que aceptar la salida lenta”. Y agregó: “¿Cómo puede ser que un cuerpo resista tanto?”. Porque su cuerpo, por cierto, resistió mucho. Al igual que Marlene Dietrich, durante los últimos años de su vida Kerouac se abandonó completamente: casi ni comía, estaba hinchado por el alcohol, solía pasar dos o tres semanas sin bañarse y sin cambiarse de ropa, se orinaba encima y su aliento parecía una cloaca. Según infinidad de testimonios solía beber unas diez medidas de whisky por hora (“rebajadas con cerveza”) durante varios días seguidos, sin dormir (muchas veces, mezclando bencedrina). Después de semejante esfuerzo, se quedaba como muerto, durmiendo a veces hasta una semana. Y vuelta a comenzar.

En 1957, después de haber sido rechazada durante seis años por varios editores, apareció su novela más importante y conocida: En el camino, que ha colocado a Kerouac en el panteón de los grandes narradores del siglo XX. Una nueva vuelta de tuerca sobre esa odisea norteamericana que es el viaje desde Nueva York a San Francisco, del Atlántico al Pacífico, recorriendo miles de kilómetros de desierto y montaña en busca de sí mismo se encuentra en la novela que Kerouac publicó en 1962 y que acaba de aparecer en castellano: Big Sur. En ella Kerouac puso descarnadamente en palabras su relación con el alcohol: si bien Big Sur da cuenta de una lucha espiritual entre ángeles buenos y malos que se disputan el alma del protagonista, su tema principal es cómo sobrevivir siendo alcohólico. El esquema del libro fue tomado de un auto medieval: aunque debido a la famosa respiración sincopada, jazzística, atravesada por jergas y por juegos de palabras que caracteriza a la narrativa de Kerouac, es difícil reconocer que el Fausto de Goethe le sirvió de inspiración original. En esta “odisea alcohólica” que es Big Sur abundan las alusiones místicas, tanto las del cristianismo poco ortodoxo y residual que formaba parte de su tradición familiar como las del budismo que también lo fascinó.

El Kerouac final, el de la disolución, el que murió el 21 de octubre de 1969, después de 26 transfusiones de sangre, a causa de una hemorragia incontrolable por ruptura de las várices del esófago, conservaba un aura especial que lo acompañó toda su vida, desde que vio la luz por primera vez en la ciudad de Lowell, Massachusetts, el 11 de marzo de 1922. Aún escritores que no suelen hablar bien de nadie (como Norman Mailer y Gore Vidal) han reconocido que Kerouac tuvo hasta el final “una dulzura de carácter y un encanto animal” que lo hacía irresistible.

Desde adolescente escondió su debilidad tras bravuconadas y poses: más de una vez acabó tirado en la calle, golpeado por haber provocado una pelea que no podía enfrentar. Hasta el final de su vida intentó reprimir sin lograrlo su amor por los hombres: como miembro de una familia católica de origen obrero, educado en una pequeña ciudad de provincia durante los años de la Gran Depresión, Kerouac creyó que a fuerza de un machismo casi teatral lograría combatir sus deseos. Como era obvio para todos los que lo conocían, no podía lograrlo. De las decenas de mujeres con las que salió, la mayoría eran prostitutas (con muchas de las cuales no mantuvo ninguna relación sexual convencional, ya que el alcohol lo volvió impotente desde muy joven). De las pocas relaciones sentimentales duraderas con mujeres, sólo con su tercera y última esposa permaneció casado tres difíciles años (con las dos anteriores duró apenas unos meses): quizás el que ella tuviese varios años más que él y el espiritu maternal que la caracterizaba contribuyó a sostener una convivencia casi imposible. Dos veces en esos tres años le dijo que la quería: la primera vez fue dos días antes de morir, cuando se empezó a sentir muy mal y ella lo ayudó a ir a la cama, y la segunda vez fue pocas horas antes del fin. Mientras que cualquiera de los hombres que conocía en los bares que frecuentaba bebía a costa de él cuanto quería, era casi imposible que una mujer que no fuera una prostituta lograse que Kerouac le convidara apenas un cigarrillo (se los negaba incluso a sus esposas).

Cada vez que Allen Ginsberg, William Burroughs o cualquiera de los demás escritores de la época daban cuenta en sus obras de las relaciones homosexuales que mantenían habitualmente, Kerouac se enfurecía. No toleraba que hablasen en público de esa parte de la vida, menos aún toleraba que hicieran saber que habían tenido relaciones sexuales con él. Cuando Gore Vidal contó que lo penetró en el Chelsea Hotel (esa famosa noche de los 50 que está contada de diversas maneras en varios libros), Kerouac se enfureció tanto que quería matarlo. Sentía herido su orgullo de macho: “Se puede saber que me la chupan, pero no se puede contar que yo la chupo y peor aún es que sepan que alguno me penetró”, decía, con rigurosa mentalidad latina (después de todo, era un francocanadiense que no encajaba en el mundo liberal de los anglosajones y judíos de Nueva York).

Una de las muchas paradojas de la vida de Kerouac es que con su obra contribuyó como pocos a conformar el mundo más tolerante, sexualmente más abierto y existencialmente más interesante que surgió después de su muerte, tras el Mayo Francés, la generación de Woodstock y los movimientos feministas y homosexuales de los 70. Sin embargo, criado en el seno de una asfixiante familia provinciana no pudo liberarse de prejuicios casi victorianos, que se exacerbaron durante los últimos años de su vida. Se transformó en un conservador casi beligerante (acicateado por su dominante y reaccionaria madre —Memere—, de la que no pudo escapar nunca y con la cual tuvo que vivir casi hasta su muerte). Cuando Memere vio que los productores de la popular serie Ruta 66 eran judíos le dijo que le habían robado la idea de su novela En el camino: “Para hacer dinero como sólo ellos saben hacer, explotando a los demás”, agregó. Kerouac estuvo a punto de entablar juicio, pero amigos más razonables lo convencieron de que no le convenía. Además de retener a Kerouac encerrado en su casa y de prohibir que lo visitara casi cualquiera de los amigos, su madre vivía contándole sobre las conspiraciones comunistas, judías o ateas que creía detectar contra ellos. Y Kerouac cada tanto le creía.

Una de las cosas que peor le caían eran las diatribas que le lanzaba la derecha más reaccionaria. No soportaba que lo pusiesen en el mismo paquete con el Marlon Brando de El salvaje, con el James Dean de Rebelde sin causa, con el rock and roll de Elvis Presley y con lo que se llamaba —por ejemplo, en el famoso artículo “La cultura del apaciguamiento”, que escribió Norman Podhoretz, en octubre de 1957 en la revista Harper”s— “la difusión de la cobardía homosexual”, que se expresaba en la obra “de escritores como Allen Ginsberg, James Baldwin y Gore Vidal” y que tenía “como resultado que se abandonase la fabricación del bombardero B-1 en plena amenaza soviética”. Cada vez que Kerouac veía a Ginsberg en una manifestación pacifista o defendiendo el amor libre lo llamaba por teléfono para insultarlo: “te has convertido en un barbudo judío comunista”, le decía. Pero al rato de hablar, volvían a ser los amigos de siempre. Kerouac no dejó nunca que sus ideas ni sus delirios interfiriesen en sus afectos verdaderos: rompió sus imposibles matrimonios y se apartó de la gente que en verdad no toleraba, pero a los que tenía en gran estima los mantuvo cerca de su corazón hasta el final. En esa tensión extrema estaba buena parte de su originalidad literaria. Los editores y los críticos de la época no terminaron de comprenderlo hasta bastante después de que alcanzara la fama: “Lo que yo escribo es lo que normalmente un editor desecha y un psiquiatra encuentra interesantísimo”, le dijo al periodista del San Francisco Examiner que lo entrevistó poco antes de la aparición de En el camino.

Su gran problema —y también la fuente primaria de su energía creativa— era su inmensa sensibilidad que, mezclada con un terror patológico a parecer débil, no pudo controlar nunca. Mientras era sólo una joven promesa de la literatura norteamericana y recibía pocas presiones, su vida se mantuvo en orden: en un orden difícil, vulnerable, precario, con estallidos esporádicos de esa “confusión paranoica” que atraía a Ginsberg, pero después de todo era un cierto orden en el que sobresalían su amor por la literatura, el placer que le daba encontrarse entre amigos y esa prodigiosa memoria que lo caracterizaba.

A Kerouac el éxito le hizo ir perdiendo el centro de su vida. Después de la aparición de En el camino publicó varios libros más, algunos de ellos muy buenos, pero casi todos ya habían sido escritos antes de la aparición de su novela más famosa. Escribió muy poco en los 60. Su espíritu ya no estaba como para dedicarse a corregir y transformar sus libros en un conjunto magnífico como su admirado En busca del tiempo perdido, tarea a la que creía que iba a dedicarse en la vejez.

Para Kerouac, como para casi ningún otro escritor, vida y literatura eran una misma cosa, y no poder seguir escribiendo se parecía demasiado a no vivir. Por eso cuando le escribió a Ginsberg “la fama es lo que te hace dejar de escribir”, le estaba diciendo que eso era lo que lo estaba llevando a la muerte.

(publicado originalmente el 11 de marzo de 2001) 

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