El sexo, la religión y la política (Gore Vidal no se calla nada)

10 septiembre 2011 § Deja un comentario


Gore Vidal es uno de los últimos representantes norteamericanos de una clase de escritor que está en desaparición: el escritor comprometido. Con la misma vehemencia, enfrentó tanto a los reaccionarios de la derecha como a los defensores de la dictadura del proletariado, esos que querían “construir el futuro” eliminando en masa a los disidentes. Nunca fue un ingenuo porque, como político de raza que es, le preocupa más el efecto práctico de un debate que su brillo intelectual. A pesar de eso, sus escritos polémicos son excelentes. Nieto de un famoso senador norteamericano y primo del ex vicepresidente Al Gore, Vidal participó activamente en la vida política de los Estados Unidos: disputó por los demócratas un escaño en la cámara de representantes en dos oportunidades y asesoró al asesinado presidente John Fitzgerald Kennedy, del cual era además cuñado (ya que Jackie Bouvier Kennedy Onassis fue su hermanastra).

Gore Vidal

Gore Vidal

Novelista prolífico, autor teatral, guionista de cine, inteligente ensayista y polemista irónico, Vidal parece guiarse por esa frase de Oscar Wilde que afirma que “no hay ninguna idea que no sea peligrosa, ya que pensar es arriesgarse a entrar a territorios que la mayoría ni siquiera se atreve a imaginar”. Cada vez que Vidal abre la boca estalla el debate. O peor, el silencio. Porque a pesar de ser uno de los escritores más difundidos de su país —varios de sus libros han sido grandes éxitos de venta y algunos de sus guiones, como el de Ben Hur, dieron origen a filmes clásicos—, la prensa masiva prefiere ignorarlo antes que atacarlo: el silencio es la forma de censura más difundida en el país que dedicó la Primera Enmienda de su Constitución a proteger una irrestricta libertad de prensa.

De todos los temas que Vidal pone en debate, ninguno resulta tan polémico para el público mayoritario como el de la sexualidad. Para el autor de Hollywood, el sexo no es algo que las sociedades abandonen al arbitrio de los individuos. En un artículo titulado “El sexo es política” (que fue recogido en su libro Sexualmente hablando, que está por aparecer), Vidal dice que “las actitudes sexuales de cualquier sociedad son consecuencias de decisiones políticas”. Política y sexualidad están tan ligadas que no se puede decir, por ejemplo, que alguien defiende la libertad de prensa si no se defiende el derecho de publicar pornografía. Vidal cree que la sexualidad es la piedra de toque que señala el nivel de civilización, tolerancia y apertura mental que ha alcanzado una sociedad. No existe libertad de opinión —dice Vidal— si sólo se considera que es digno de publicación lo que le parece correcto a la mayoría o a los que se identifican con el Bien (es especialmente irónico con los que se presentan como pertenecientes al “partido de los buenos”).

A diferencia de la mayoría de los moralistas, que suelen hablar como si a ellos no les incumbiera el tema que están tratando, Vidal no sólo opina sobre sexualidad, sino que presenta su vida —y la de otros escritores— como testimonio. Cuenta que desde muy joven descubrió la fórmula que le permitió tener una prolongada vida feliz: consiste en gozar de la sexualidad sin culpas, es decir, disfrutando a pleno de tantas relaciones sexuales como el cuerpo aguante. Con una única excepción: según él, nunca hay que tener sexo con la persona a la que se quiere (así como tampoco nunca hay que enamorarse de aquellos con los que uno se acuesta). Gore Vidal cree que, si se quiere ser feliz, hay que separar afecto de placer sexual, ya que son incompatibles. Para el autor de Juliano, el apóstata la mayoría de las infelicidades de la vida provienen de olvidar esa sabia demarcación: sexo por un lado y cariño por el otro. Siguiendo sus propias recomendaciones, Vidal convive desde hace más de medio siglo con su amante Howard sin que nunca esa convivencia se viese enturbiada por el deseo. Su vida sexual es otra cosa: una alegre maratón promiscua que le permitió acostarse con tantos miles de hombres que, si los lograse reunir, podrían formar varias brigadas.

Vidal, como muchos teóricos de la sexualidad, afirma que no existen las personas homosexuales ni las heterosexuales. La mayoría de las personas pueden mantener tanto actos homosexuales como heterosexuales: los estudios más serios —y el Informe Kinsey sigue siendo irremplazable cuando se quiere saber algo, aunque sea aproximado, sobre la conducta sexual humana— demuestran que tanto los que practican sólo actos homosexuales como los que practican actos exclusivamente heterosexuales son pequeñas minorías. La mayoría practica variadas combinaciones de actos heterosexuales u homosexuales.

Alexander Hamilton


Hace un siglo y medio, una alianza entre los poderes médico, religioso y político definió las personalidades (ahora llamadas “identidades sexuales”) a partir de privilegiar un único rasgo —el sexo del compañero sexual más frecuente— entre las múltiples prácticas de cada persona. Ese no fue un hecho inocente, ya que fue a partir de esa construcción de la identidad que se estigmatizó como enfermos o viciosos o delincuentes (o todo eso junto) a los que no se sometían a “la dictadura heterosexual”(Vidal toma la frase del libro de memorias del escritor Christopher Isherwood). Esa “dictadura heterosexual” es lo que se conoce también como “el orden matrimonial”. Y se lo conoce así, porque, según Vidal, su objetivo más importante era lograr que los varones y las mujeres se casaran muy jóvenes y produjeran muchos hijos. El capitalismo del siglo XIX necesitaba gente dócil, es decir, trabajadores que tuvieran una familia que mantener para que aceptaran sin chistar las salvajes condiciones de trabajo de la época. Hasta el siglo XVIII, el matrimonio era casi desconocido en los sectores populares.

Pensadores de la talla de Didier Eribon o Leo Bersani opondrían a Vidal el argumento de que, si bien es cierto que la constitución de las identidades sexuales fijas fue una forma brutal de control y permitió (y sigue permitiendo) las más salvajes persecuciones, ahora esas identidades sexuales están internalizadas por la mayoría de las personas. Y es desde el momento en que se asumen esas identidades sexuales que los discriminados pueden resistirse: fue desde que se aceptaron como homosexuales —es decir, desde que reconocieron que tenían una identidad homosexual— que los gays pudieron luchar por sus derechos y a la vez lograron ampliar el campo de la libertad. Es seguro que de no haberse asumido la identidad sexual (que era la marca del estigma social) no hubiera podido constituirse ninguna resistencia: “Para resistir —dice Bersani— es necesario poseer un lugar, aunque sea endeble, en el que poder refugiarse; y la identidad sexual es ese espacio maravilloso desde el que se organiza la lucha por los derechos de las minorías sexuales; lo que antes fuera el lugar de la denigración, ahora es el territorio del orgullo.”

Norman Mailer


Vidal no coincide con esta posición, ya que cree que aceptar la identidad sexual es aceptar el lugar degradado en el que la mayoría quiere confinar a las minorías sexuales. Su estrategia apunta a socavar las verdades admitidas para destruir el mito de la heterosexualidad. En sus entrevistas, el provocador autor de
Lincoln gusta de desenmascarar la vida secreta de los personajes más prestigiosos de su país. Fue uno de los primeros en hablar del círculo homosexual al que pertenecía George Washington, el Padre de la Patria de los Estados Unidos. Según Vidal, Washington estaba perdidamente enamorado de Alexander Hamilton. Hamilton —que era un joven muy atractivo, caprichoso y brillante— supo ingeniárselas para ser el mantenido de muchos hombres eminentes. Después de haber sido el comandante en jefe del ejército de la Independencia, Hamilton fue secretario del Tesoro —en la práctica, una especie de primer ministro—, mientras Washington era presidente. Y Hamilton le hizo la vida imposible a su amante: lo dejaba plantado; le hacía escenas delante de todos, incluso durante las reuniones del gabinete. A Vidal le causa gracia que ambos sean los “Padres Fundadores”.

El principal mérito de Vidal es que nunca se olvida del humor. Por ejemplo, al hablar de los puritanos que fundaron Estados Unidos recuerda que, a la caída de Cromwell (que los había protegido), se escaparon a Holanda. Pero no se fueron de Inglaterra porque las nuevas autoridades los persiguieran, sino porque se les prohibió perseguir a los demás. Como eran fundamentalistas religiosos, los puritanos se sentían más atraídos por el Dios del Antiguo Testamento, que siempre está predicando la guerra, que por Jesús, que habla de Amor. Por eso casi no se cita a Cristo entre los puritanos, sino a Jehová, a Moisés y a San Pablo. Basándose en sus creencias extremistas, los puritanos fundaron una sociedad teocrática y lograron que el Estado se preocupase por combatir el pecado: el adulterio y la sodomía se transformaron en crímenes. Todavía en la mayoría de los estados norteamericanos están prohibidos la fellatio, el cunilingus y el coito anal, incluso entre parejas heterosexuales casadas legalmente (en el caos legal que nace de este caos moral, las penas por estos “delitos” varían desde algunos meses a cadena perpetua).

Mailer en el ring

En otro artículo polémico, Vidal reseña elogiosamente los primeros textos del feminismo de los 70 y ataca las respuestas misóginas de algunos intelectuales, especialmente de la que ha sido una de sus bestias negras: Norman Mailer. La posición de Mailer es tan retrógrada que le da mucha tela a Vidal, quien no se priva de destruirlo. Mailer escribe: “La masturbación es mala, lo mismo que la anticoncepción, porque el fin del sexo es la reproducción”. Vidal no deja pasar la debilidad intelectual de esa frase de su oponente y declara que Mailer “ni siquiera dice estupideces originales, apenas si reproduce los más retrógrados textos religiosos”. Luego expone el siguiente “argumento” de Mailer: “la homosexualidad denota una debilidad moral, ya que es cobarde dejar de competir con otros varones atractivos para ganarse el privilegio de penetrar las vaginas con dientes” (es decir, “las peligrosas mujeres, que son animales incomprensibles, pero que deben ser penetradas por los verdaderos machos para que siga existiendo la humanidad”). Vidal contraataca: “esta idea es descabellada, pero al menos es novedosa”. Y recuerda que Mailer ha dedicado muchas páginas a ensalzar el temple que necesita “el verdadero macho” para no sucumbir a lo que el autor de La canción del verdugo llama “el maravilloso encanto de la masculinidad”. En una de las tiradas más irónicas de su artículo, Vidal agrega: “Pensar que se pasó la vida en el gimnasio, entre atletas musculosos y boxeadores viriles, y se resistió a gozar con ellos en las duchas; pensar que creyó que resistiéndose a la tentación homosexual es como se forja un verdadero reproductor; pensar que hasta fue públicamente violento con su mujer, Adele, a la que apuñaló, y ahora descubre que la sociedad no quiere darle ninguna medalla al mérito, que la sociedad está empezando a tolerar el reclamo de igualdad que levantan las mujeres ; es justo que Mailer sienta que la sociedad lo está traicionando”.

Como Mae West, cuando Vidal “quiere ser bueno es muy bueno, pero cuando es malo es mejor”.

(Este texto fue publicado el 28 de octubre de 2001, a propósito de la aparición del libro Sexualmente hablando, de Gore Vidal)

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