Mea Cuba

4 octubre 2011 § Deja un comentario


Escribí esta reseña sobre “Mea Cuba”, de Guillermo Cabrera Infante (Alfaguara, 488 páginas) hace más de una década (fue publicada en Clarín, el domingo 3 de octubre de 1999) y me sigue pareciendo pertinente leerla.

Cabrera Infante es un artista hasta cuando escribe panfletos políticos. No sólo artista por el estilo, por esos juegos de palabras que le fluyen hasta el exceso en cada página que lleva su firma -en las que no las lleva, su estilo es su firma-, sino artista por la posición que adopta: Cabrera Infante no negocia en lo que cree aunque la creencia sea política, que es la más negociable de las opiniones.
Para buena parte de los intelectuales occidentales, hasta la caída del Muro de Berlín, Cabrera Infante fue un reaccionario a combatir. Durante 20 años Cabrera fue calificado de “gusano cubano”: no había insulto peor en los años en los que Cuba era no la tierra amada por los turistas de los 90 -ron y prostitución barata a la sombra de las palmeras-, sino la patria del socialismo.
Pasaron los años y los artículos políticos de Cabrera Infante son los únicos que no envejecieron. Todos los intelectuales progresistas progresaron (algunos no demasiado) y esbozaron tímidas críticas a Cuba o muchas a la Unión Soviética (total ya no existe), pero ninguno se autocriticó -al tono marxista- por haber criticado a Cabrera. Si Mea Cuba es un gran libro de política, lo es en primer lugar porque permite seguir el derrotero de un pensamiento que nunca sufrió la derrota de la historia, ni siquiera durante los años calientes, cuando la Guerra Fría estaba en su apogeo.
El título Mea Cuba remite a mea culpa más que a “mi Cuba”, aunque esto último parezca más correcto. La culpa con que carga Cabrera -de la que él se hace cargo- es la del exilio, culpa de Cuba, de “mi” Cuba: la culpa que se siente por haber abandonado el barco en el que iba (y que lo transforma no ya en un mero “gusano”, sino en “la rata que abandona el barco”, otra de las metáforas zoológicas en las que abunda Fidel Castro). La culpa por irse de Cuba hace que Cabrera recuerde esa epopeya de la traición y la cobardía que es Lord Jim, el gran libro de Conrad, y la entremezcle con esa catástrofe tan mítica y trágica como ridícula -casi tragicómica- que es el hundimiento del Titanic. Cabrera recuerda, sobre la culpa de abandonar el barco, lo que dijo el único sobreviviente de la tripulación del hundido barco inhundible. El teniente Lightoller le respondió al severo juez inglés que le preguntaba por qué había abandonado el barco: “Yo no abandoné mi barco, señoría. Mi barco me abandonó a mí”.Guillermo Cabrera Infante
Dedicada al cineasta español Néstor Almendros (“un español que supo ser cubano”, escribe Cabrera), esta reedición ampliada de Mea Cuba es un alegato contra el olvido. Para los que ahora descubren que los regímenes totalitarios son totalitarios es bueno leer los artículos que escribió Cabrera Infante en los 60 y 70 denunciando las persecuciones de Castro, presentando el costado menos fotogénico de ese santo laico en que se ha convertido al Che, respondiendo acusaciones.
Leer Mea Cuba es recordar que muchos intelectuales justificaron cualquier atropello cometido por las autoridades cubanas, porque ellas representaban el socialismo, la lucha por la justicia, la libertad o cualquier otra entidad metafísica. Incluso los que reconocían que había habido persecuciones injustas contra los opositores, los artistas críticos o los homosexuales, contrabalanceaban la crítica enunciando que los cubanos “habían desterrado el analfabetismo y logrado que todo el mundo tuviera atención médica”.
Desparejo, pasional, más de una vez reiterativo, Mea Cuba es, sin embargo, un gran libro. Hay decenas de páginas antológicas: la carta enviada a Primera Plana; la discusión sobre el caso Heberto Padilla; las descripciones del exilio; la puesta en escena de las más famosas frases de Castro; la justicia poética para calificar la obra de escritores que están en la vereda de enfrente -notoriamente, Nicolás Guillén y Alejo Carpentier-; el sarcasmo magnífico, casi aristocrático, para denostar a los que no tolera, siquiera como escritores -Gabriel García Márquez-; el recuerdo tierno a la vez que cáustico de Virgilio Piñera y José Lezama Lima.Mea Cuba es la prueba de que Cabrera Infante tiene más derecho que Castro de decir: “La historia me absolverá”. Al menos, ya le dio la razón.

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