Con el número dos nace la pena

9 octubre 2011 § 1 comentario


Del Amor navegante

Leopoldo Marechal

Porque no está el amado en el amante

ni el amante reposa en el amado,

tiende Amor su velamen castigado

y afronta el ceño de la mar tonante.

Llora el amor en su navío errante

y a la tormenta libra su cuidado,

porque son dos: amante desterrado

y amado con perfil de navegante.

Si fuesen uno, amor, no existiría

ni llanto ni bajel ni lejanía,

sino la beatitud de la azucena.

¡Oh amor sin remo, en la unidad gozosa!

¡Oh círculo apretado de la rosa!

Con el número dos nace la pena.


En Del Amor Navegante, Marechal -católico tomista y militante histórico del peronismo-, habla del amor en su constelación de sentidos: la fuerza divina (“Dios es Amor”, dice Agustín); la potencia humana que lleva al individuo a trascender su soledad; y la energía universal que mueve, como escribe Dante en La Comedia, “al Sol y las otras estrellas”. El amor divino, el humano y el natural se caracterizan por la atracción de dos soledades, que no pueden ya vivir sin la otra parte, pero que a la vez saben que el otro es irremediablemente Otro: inalcanzable. “Con el número dos nace la pena”. Leopoldo Marechal no conoció la obra de Silvina Lacarra pero en este poema habla de su muestra actual con una precisión mágica.

En Solos y Dúos, Lacarra relaciona materiales de manera tan amorosa, tan compleja que la perfección formal de sus obras no puede enmascarar la profunda tensión poética que las habita. En los Solos hay un protagonista único, pero ese solitario funciona en contraposición con el contexto en el que aparece. Por ejemplo, en Solo I, la corteza del eucalipto no tendría sentido (o no tendría el mismo sentido) sin el diálogo amoroso con ese fondo contrapuntístico, conformado por el laminado plástico de la década del 70 (que muestra no sólo una textura de otra época sino un color vintage) y la fórmica, que -de una manera virtuosa- rima y proyecta, como sombra blanca, la potencia tridimensional del tronco ausente. Es una obra ejemplar del proyecto Lacarra: los materiales dialogan entre sí como en una sinfonía afiatada y, a la vez, la obra en su conjunto dialoga con la historia del arte argetino, en especial con los concretos y no figurativos de los años 40.

Desde hace un tiempo, Lacarra viene intentando lo imposible. A medida que lo va logrando, corre la meta y se lanza a un nuevo desafío. Cuando uno observa una de sus obras se sorprende: no sabe si realmente la materia tiene esa posibilidad o si Lacarra se la inventó. Las fórmicas y laminados han adquirido torsiones que parecen salidas de una alucinación. En Solos y Dúos, Lacarra corre el arco: agrega nuevos materiales, nuevas técnicas, nuevas posibilidades. Pero no se trata de una apuesta al mero formalismo, sino de construir poemas tridimensionales.

Forma y sentido son indiscernibles en la obra de Lacarra. La forma es provocativa, porque no acaba de quedarse quieta. Tanto los Dúos como los Solos organizan universos en tensión. Tanto los Solos como los Dúos apuestan a una constelación de metáforas: nada es simple (ni siquiera en los Solos, menos en los Dúos) en la obra de Lacarra.

En Sólo II, ese cielo estrellado que nace de la conjunción de la fórmica, la alpaca y el aluminio, no hay menos búsqueda del otro que en Dúo II, obra en la que el “pasto” -que surge de un plano que remite tanto a Mondrian como a las obras del Gumier Maier de los 90- se pone en comunicación con las chalas del maíz seco. ¿Podrían brillar el aluminio y la alpaca sin esa fórmica oscura? ¿podemos ver las estrellas de día cuando el Sol enceguece el firmamento? ¿De qué campo surgen las plantas eternas que Lacarra incrusta como joyas salvajes en sus laminados? Solo y Dúos que se necesitan, se atraen, se repelen: no se soportan. Como en el amor.

“Con el número dos nace la pena”, dice Marechal. “Sin el número dos, el uno se disuelve en nada”, agrega Lacarra.

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