Historia de una relación (Perlongher y yo)

11 noviembre 2011 § 2 comentarios


Conocí a Néstor Perlongher bastante antes de vernos personalmente. Y cuando llegamos a conocernos mucho, nos distanciamos. Hasta tal punto que los dos últimos años de su vida no intercambiamos correspondencia. Y eso es mucho decir, porque la nuestra fue esencialmente una amistad epistolar.
Perlongher murió el 26 de noviembre de 1992 en San Pablo, a causa del sida. Apenas recibido de sociólogo en la UBA se afincó en Brasil: fue a comienzos de los 80, como “exiliado sexual”, según se autodefinía. Allí obtuvo su maestría en Antropología Social con una tesis sobre los prostitutos para varones. Militante del trotskismo, a comienzos de los 70 Perlongher formó parte del grupo que fundó el Frente de Liberación Homosexual, la primera agrupación de este tipo en el mundo iberoamericano. Y desde muy joven experimentó con las drogas. Porque por sobre todas las cosas, fue un militante de la intensidad (es decir, de la búsqueda de sentido en los pliegues más riesgosos de la experiencia). Intensidad que es visible en el barroco espiralado de su poesía.

Mi relación con Perlongher coincide con su partida a Brasil. A comienzos de 1981 –yo tenía 27 años y llevaba por entonces más de seis como preso político— se me autorizó a recibir un paquete con tres libros de poesía: Escrito con un nictógrafo, de Arturo Carrera, Poemas, de Osvaldo Lamborghini y Austria-Hungría, el primer libro de Perlongher (estos dos últimos, editados por Tierra Baldía, una exquisita editorial que dirigía Fogwill). A pesar de la dictadura, en la cárcel teníamos brújulas que nos permitían estar en contacto con libros que llegarían a ser fundamentales para la actual literatura argentina. En este caso la brújula era el infalible consejo del escritor cubano Severo Sarduy, cuya palabra llegaba desde París a través de entrevistas publicadas en el suplemento cultural del diario La Nación.


En 1983 leí en la revista Sitio (en la que estaban Eduardo Grüner, Ramón Alcalde y otros) un artículo-carta que Perlongher enviaba desde San Pablo: “La ilusión de unas islas” era una lapidaria crítica a la posición de esta revista ante la Guerra de Malvinas. Los intelectuales progresistas que integraban el comité de redacción de Sitio habían apoyado (como la mayoría de la izquierda argentina), aun con pruritos, la ocupación de las islas, a la que interpretaban como un acto antiimperialista.

Quedé fascinado con la crítica de Perlongher al nacionalismo guerrero izquierdista: la brutalidad sin medias tintas de su escritura y la sutileza poética de su argumentación. El era uno de los pocos a los que se podía leer en la Argentina de entonces –y en la de ahora– que tenía un punto de vista original. Tornaba rutinarios los saberes prestigiados. Su intervención me conmovió. Le escribí desde la prisión. Dos meses después me llegó su respuesta, y así comenzó una relación. A un ritmo de unas cuantas cartas por año y, desde el 84, de uno o dos encuentros en persona cada doce meses.

Después de nueve años de cárcel, una semana antes de que Alfonsín asumiera la presidencia salí en libertad y casi inmediatamente ingresé en la redacción de la revista El Porteño, cuyo propietario y director era Gabriel Levinas. Allí –y desde 1987 en Fin de Siglo– edité (a veces, junto a Enrique Symns) la mayoría de los artículos de Perlongher que aparecieron en la prensa argentina: el primero fue, en mayo de 1984, “El sexo de las locas”, transcripción de una conferencia sobre la obsesión homosexual que caracteriza a los homofóbicos argentinos. Si el Perlongher polemista político era un adversario temible, el Perlongher militante sexual era una máquina de guerra. Ese artículo contiene “una arenga final” que se transformó en un himno para los militantes por los derechos sexuales: “no queremos que nos persigan ni que nos prendan ni que nos discriminen ni que nos maten ni que nos curen ni que nos analicen ni que nos expliquen ni que nos toleren ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen”.
En diciembre de 1985 me alejé de El Porteño pero les dejé varios textos políticos del poeta: uno de ellos –publicado por el comité de edición de la revista unos cuantos años más tarde– era Evita vive, que imagina momentos de la vida de una Eva Perón que habita una pensión de marginales (Perlongher creía que este texto era una de las posibilidades narrativas más seductoras que surgía de la consigna setentista del Movimiento de Inquilinos: “Evita vive en cada hotel organizado”). Lo que le fascinaba del mito de Evita era su costado salvaje; y la imaginó brutal, pornográfica, marihuanera. La publicación provocó un escándalo: concejales porteños del PJ pidieron que se censurase la revista, pero la sangre no llegó al río.

Entre 1985 y 1989 mantuvimos una frondosa correspondencia, centrada especialmente en su producción poética, en sus amores difíciles y en la publicación y presentación de sus libros (yo solía encargarme de satisfacer algunas de sus casi infinitas demandas relacionadas con sus escritos, al igual que otros íntimos, como Sara Torres o Tamara Kamenszain). De esa época es el único artículo que escribimos en colaboración: apareció en El Porteño en 1985. Si bien en la Argentina ya se habían publicado muchas notas que hablaban del sida, éstas se referían siempre a la enfermedad como algo que sucedía en otra parte del mundo, como si la enfermedad ligada al pecado no fuera jamás a mancillar el suelo patrio. Ese artículo en colaboración (cuerpo principal escrito por mí, recuadro firmado por Perlongher) fue la primera nota en el país que daba cuenta de los argentinos muertos por la nueva enfermedad.


En la investigación para su tesis sobre la prostitución masculina, Perlongher había entrevistado a decenas, si no a cientos, de taxi-boys. Las prácticas masivas de sexo sin protección y la gran cantidad de muertos que ya había en Brasil por el sida, comenzaron a alarmarlo, a pesar de su posición favorable a la práctica de sexo libre. En la carta en la que me envió su breve recuadro sobre el sida, decía.: “por cierto, la campaña ‘de salud’ es represiva, pero el contangio es explosivo, ¿en Buenos Aires también cada semana se te muere un amigo?”.

Perlongher siempre se sintió un excéntrico del campo cultural argentino. Y lo era, pero no por vocación: de hecho, estaba obsesionado por el reconocimiento, como se puede ver en casi todas sus cartas. Recuerdo el día que le realicé, a comienzos de 1988, la entrevista que se publica en este libro (“Paseando por los mil sexos”). El estaba convencido de que alcanzaría la gloria, si vivía lo suficiente. Saber que no asistiría con vida a su consagración debió contribuir a su desesperación al enterarse de que estaba infectado con el HIV. Era 1989.Ya enfermo, Perlongher ingresó en el culto del Santo Daime, que se basa en la ingestión colectiva de un alucinógeno, en busca del espíritu más profundo de cada uno: una religiosidad sin dios.

Santo Daime es el nombre brasileño de la bebida conocida también como ayahuasca, que se prepara con el yagé (un cactus que en los 60 convocó a William Burroughs y Allen Ginsberg a un periplo sudamericano). Su ingestión provoca una brutal deshidratación, en la que se origina una percepción de cuerpo escindido y flotación en un universo acuoso. De ahí que el libro de Perlongher sobre el Santo Daime se titule Aguas aéreas. El poeta brasileño Haroldo do Campos, en el poema que le dedicó en 1993, Neobarroso: in memoriam, dice: “El Santo Daime es una unción casi extrema”. Y esa fue la experiencia mística de Perlongher. Una nueva búsqueda de la intensidad. Ahora, bajo otra máscara.

Anuncios

Etiquetado:, , , , ,

§ 2 respuestas a Historia de una relación (Perlongher y yo)

  • Anónimo dice:

    Buena nota, un poca pobre en cuanto a la información aportada con relacion a la ayahuasca, ya que esta no proviene de ningún cactus, sino de la liana, con la cual se producen bebidas esteogenicas , que utilisan como componente básico la liana, que contienen esta inibidores IMAOS. A veces mezclado en sus componentes con cacopranga o con la mimosa hostilis.

  • Anónimo dice:

    Antes los putos éramos gente peligrosa. Nostalgia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Historia de una relación (Perlongher y yo) en Nada especial.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: