Rosa Prepucio

16 noviembre 2011 § 3 comentarios


Pensé no decir nada. Presentar hoy un libro llama al baile, al grito, al fucsia, a la remera ajustada: ¿para qué recurrir a las palabras? Pero Modarelli recurrió a las palabras y así me tentó a hablar. Me sometí a un beso de su lengua a mi lengua, como de viejas amigas que se van del baile con el maquillaje corrido y en la puerta de la disco se tocan mejilla con mejilla para no borronearse los restos del lápiz labial.

En Rosa Prepucio sentí la insistencia de los fantasmas queridos: Manuel Puig, Batato, Néstor Perlongher, Omar Schiliro y tantos, tantos otros. No es que el libro de Alejandro hable del pasado o de los muertos. Aunque habla del pasado y de los muertos. Lo que más me gustó es que no hay nostalgia en su barroco vicioso. Porque ese es su estilo: el barroco (barroso, como decía Perlongher en su devenir trasplatino, tan de barro del Río de la Plata). Y vicioso, como todo barroco que se precie: lanzado a pura pérdida, sin otra finalidad que el placer, la decadencia, lo que se pierde al ganar el disfrute.

Modarelli escribió un manifiesto. Una utopía futura: no un mapa del pasado. En este libro se retrata un vida compleja, no un mero caer en la red o encajar en el molde. Rememorando el tiempo en el que ser puto no era glamoroso, Rosa Prepucio señala que hay otras posibilidades de amar y, sobre todo, de disfrutar. Caminos múltiples que han sido obturados (o, al menos, invisibilizados). Parece que se refiere a otra época (y se refiere a otra época), porque también es una memoria: la de aquel momento en la que ser homosexual era una resistencia, no una militancia. En la que desear era una política y no la política un mero deseo. En Rosa Prepucio se recuerda cómo era el placer antes de haber sido capturado por la identidad fija, encuadrada en casilleros que entusiasman a los militantes de la vida pasteurizada.

Siento que este libro es la continuación de El baile de las locas, de El homosexual o la dificultad de expresarse, de La torre de la Defensa, y de tantos otros textos de Copi. Es la continuación de esa experiencia, pero por otros medios. Y digo experiencia más que literatura, porque tanto Modarelli como Copi (como las viejas locas queridas) no proponen un canon literario sino que cavan una zanja, ahondan una grieta adonde ir con el chongo a retozar, mirando irse la vida entre los dedos como el semen lanzado a puro pérdida.

Cuando Copi pensaba la vida color de rosa de las viejas travestis o los amores imposibles de sus personajes pansexuales el disciplinamiento gay-glamoroso-muscular aún no se había impuesto como la única opción aceptable, aunque ya existía y avanzaba. Veo en Copi, en los poemas de Perlongher o en El beso de la mujer araña, la misma intensidad existencial y el mismo estilo de resistencia que en Rosa Prepucio: la de la vida que no se somete a un programa.

Este libro me gusta, lo disfruto, lo recomiendo. Por eso los invito, como hice yo, a lanzarse a ese desparramo.

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