Un retrato del sueño

25 noviembre 2011 § 1 comentario


El arte es inactual. Está fuera del tiempo: es más intemporal que anacrónico. Que el arte sea in-actual quiere decir, también, que es algo que no está en acto sino que existe como pura potencia. El arte es una apuesta a lo que vendrá. Los dibujos de Martín Sapia son un mapa difuso, pero no falso, de ese territorio inabarcable que es la pura potencialidad de lo que está por manifestarse, al mismo tiempo que extraen toda su potencia de su inactualidad. Más intemporal que anacrónico, Sapia propone un mundo que solo existe en su mundo.

El imaginario de Sapia remite a referencias iconográficas visibles: los ilustradores medievales (en especial, los que iluminaron los manuscritos de los Beatos, desde el de Urgell al de Liebana, pasando por el de Tábara), así como El jardín de las delicias, de Hierónimus Bosch, o la obra de Pieter Brueghel el Viejo (El triunfo de la muerte). Hay pulsiones expresas: un escepticismo radical, unido a una visión descarnada sobre el absurdo sin sentido de la existencia. Es visible también la huella de los grabados de Maurits Cornelis Escher o de Giovanni Piranesi: un universo cerrado que, como el Uróboros, se muerde la cola, conectando lo que acaba con lo que comienza en un enloquecido eterno retorno de lo mismo que, por eso mismo, se transforma en lo otro. También hay referencias menos obvias: el Roberto Aizenberg ilustrador o los personajes de Batlle Planas, la geometría demencial e iluminada de un Piero della Francesca y el misticismo poético de Andrei Rubliov.

Sapia es consciente que no se crea a partir de la nada: se hace cargo de toda esa enorme, multifacética e insistente tradición. Se hace cargo para transformarla radicalmente. Pareciera decir que no se puede ser libre más que reconociendo los límites y forzándolos. Su trazo, preciso, y su arquitectónica composición (de un rigor clásico) funcionan como un ariete contra los muros que lo acosan. Su trabajo funciona como una máquina de guerra que se despliega violentamente sobre el territorio a conquistar, no para dominarlo sino para transmutarlo.

Tanto la intemporalidad de su iconografía como las pequeñas dimensiones en las que confina sus obras pueden confundir a una mirada desatenta. Sapia no es un surrealista que se quedó dormido hace seis décadas y se despertó en el futuro sin comprender qué está pasando. Tampoco es un guionista de comics sofisticados que se resumen en un único cuadro sin texto, pero con un relato inabarcable. No es nada de eso, pero no es casual que al ver su obra se piense en esas posibilidades suntuosas y anacrónicas: algo del espíritu (más que de la iconografía) surrealista se destila en sus dibujos. Algo del comic hay en su apuesta. No relata nada, pero es posible ver una narración que no sabemos qué cuenta.

Esa narración no cuenta nada porque Sapia no es un narrador. Es un poeta. Lanza flashes de sentido. Luces que se encienden de golpe y luego callan un rato, y vuelven a encenderse: son como esas señales luminosas que los barcos intercambiaban en alta mar hace más de un siglo cuando la comunicación visual era la única manera de transmitir información a distancia. En sus dibujos -cada uno, un mundo único- hay tal acumulación de datos que nos apabullan. A diferencia de sus referencias medievales, no existe hoy una iconografía estandarizada que nos permita decodificar sus sueños. Vemos el texto, pero carecemos del código. Eso es la poesía: la inminencia de una revelación que, al final, no se produce.

Como el Dios de Agustín de Hipona, que vive en la eternidad (es decir: fuera del tiempo), las obras de Sapia son eternas, no porque vayan a durar mucho, sino porque no duran: están más allá de la temporalidad. Son condensaciones de sentido. Pura potencia. Pura tensión hacia otra cosa. Son puentes. Estamos de este lado del camino. Nos invitan a arriesgarnos a cruzar. Del otro lado nos espera el sueño: lo que no sabemos, lo que nos arrebata, lo que tememos. Lo que nos fascina.

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§ Una respuesta a Un retrato del sueño

  • Mauricio Ramonda dice:

    Martin Sapia…un genio, somos amigos desde los pañales, desde chico hcia cosas distintas, sin estudiar nada directamente relacionado a esa actividad, desde el taller de su padre hacia cosas increibles.

    Tincho, estoy orgulloso de vos.

    Saludos
    Mauricio

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