Volver transformadas

4 diciembre 2011 § Deja un comentario


El suicidio no es nunca una solución. Sin embargo, es un promesa. Como decía Epícteto: “Recuerda lo esencial: la puerta está siempre abierta”. Ante cada recodo del camino, está la promesa del partir. Irse para siempre. El arte es la insistencia antes del recodo. Es la conciencia de la promesa final sin someterse a la promesa ni al final. Por eso el arte produce sentido: porque nos enfrenta con la muerte -no nos engaña; nos hace ver lo pequeño, ilusorio y endeble que somos- y porque nos arranca de la fascinación que nos provoca la muerte: puesto que podremos morir en cualquier instante (incluso, eligiendo el instante de nuestro final), gocemos un poco más de este mundo sin sentido. Voar, de Brígida Baltar y Brigitte y el brillo del desierto, de Eliana Heredia, trabajan en ese límite. Se lanzan al vacío para volver, golpeadas por la gloria de lo efímero, a contarnos cómo es vivir luego de experimentar con los límites.

Brígida Baltar presenta una película y varias cajas-esculturas-objetos. Tanto en el film como en los objetos lo que se exhibe es lo que falta. Las cajas de Baltar presentan teatros: son escenarios en los que se muestra la sombra de una acción de la que no se ve la causa. Incluso, ni se ve la acción: pura exhibición de la potencia de la representación que quizá se haga actual -se actualice o realice- en un futuro imposible de determinar. En la película una directora de orquesta dirige un coro de 16 voces que entonan una canción compuesta por Tim Rescalda, con los fonemas vo y ar. Se ve la dirección y se oye la canción pero no se ve el coro: vista de espalda, los gestos de la directora musical, entonces, semejan un aleteo. Pareciera que está preparándose para volar. En las maquetas de teatros de sombras que integran esta exposición se acentúa ese clima de inminencia: algo está por suceder, pero jamás se revela. Es el mapa del sueño utópico: lo que el deseo determina es lo que la vida no logra.

La obra de Eliana Heredia apela a todos los sentidos a la vez. En ella la materialidad se impone con una potencia y una urgencia que son imposibles de exonerar. Se trata de una instalación que incluye una mesa de metal y un video, pero que se centra en diversos objetos realizados en caramelo (para lo cual se requirió de media tonelada de azúcar). Al ingresar a la sala el olor del caramelo golpea la memoria, literalmente. Es el olor de la infancia, cuando lo dulce tenía un sentido muy concreto: hablaba de chupar un caramelo más que de los afectos. Tocar, saborear, oler, ver y hasta oír el caramelo petrificado crujiendo es una experiencia total, abarcativa. La obra de Heredia irradia una luz emotiva: la que ilumina, más que los objetos, nuestro deseo.

Como los exploradores que buscaban las fuentes del Nilo o los primeros navegantes del Amazonas, Baltar y Heredia exploran territorios desconocidos. Gracias a su arrojo conceptual podemos vislumbrar qué hay más allá del horizonte: la aventura de lanzarse a la búsqueda y regresar transformadas.

Ficha:

Voar, de Brígida Baltar.

Brigitte y el brillo del desierto, de Eliana Heredia.

En 713 Arte Contemporáneo.

Defensa 713, San Telmo.

Lunes a viernes de 14 a 20. Sábados de 14 a 18.

Gratis.

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