Sobre el absurdo de haber nacido

7 diciembre 2011 § 2 comentarios


La primera palabra en japonés que creo haber distinguido fue ikiru (vivir). Tenía 16 años y fui con dos amigos a ver un ciclo sobre Kurosawa: la primera de sus películas que proyectaron fue ¡Vivir! (1952). Quedé conmocionado. Antes de Kurosawa, para mí Japón se resumía en una serie de imágenes coloridas y planas: las de los maestros del Ukiyo-é. Japón no era un país del presente, sino una ilusión pasada. Esa película de Kurosawa me trastornó. Hay muchos films que han marcado mi vida: La dolce vita o Cantando bajo la lluvia están en el primer puesto, pero ninguno insiste en mi memoria, reaparece en mis reflexiones, titila en mi mente cuando tengo dudas éticas, con la potencia existencial con la que lo hace ¡Vivir! (Ikiru).

La película de Kurosawa nos enfrenta sin piedad al sinsentido de la vida. El personaje principal, Kanji Watanabe (interpretado por Takashi Shimura), es el jefe de una división menor de la burocracia municipal. Durante 30 años se ha dedicado con empeño (no ha faltado ni un solo día) a un trabajo tan vacío como agotador. Horas y horas dedicadas a la rutina de no hacer nada. De golpe, el pequeño funcionario recibe el diagnóstico de un cáncer de estómago. En los 50, ese diagnóstico equivalía a una condena a muerte en un plazo breve.

Watanabe es viudo y vive con su hijo y su nuera, quienes mantienen con él una situación de completa incomunicación. La vida del funcionario está signada por el vacío, el sinsentido, la ingratitud y el dolor. Al enfrentarse con la idea de una muerte cercana, Watanabe siente que nunca ha vivido, menos aún experimentado el placer. Buscando recuperar el tiempo perdido, se lanza a una serie de aventuras que jamás había vivido: se emborracha, visita prostíbulos y locales de baile; trata de aturdir sus sentidos. Pero ninguna de las nuevas emociones calma su deseo de vivir una experiencia plena.

Cansado de tanto vacío, se propone hacer algo útil para su comunidad y se compromete a transformar un terreno baldío en una plaza de juegos para los niños del barrio. La tarea al comienzo parece realista: es algo sencillo, acotado, pequeño, a la escala de un hombre débil que tiene pocos meses de vida por delante. Pero apenas Watanabe pone manos en esa empresa todas las dificultades surgen. Entra en escena una mafia inmobiliaria que se quiere quedar con el terreno. Entra en escena algo peor que la mafia: la desidia de la burocracia. Entre una y otra van a hacerle imposibles las últimas horas de vida a este hombre agotado.

Al final, Watanabe logra su objetivo: la pequeña plaza se construye, y él muere feliz la noche anterior a la inauguración del predio, sentado en uno de los juegos que consiguió para los niños. En la escena del velorio, se ve a todos sus compañeros de trabajo replantearse sus vidas, pensar en hacer algo por los demás. En la escena final se comprueba que todo seguirá como hasta entonces: burocrático, rutinario, vacío de sentido, absurdo. La vida misma.

¡Vivir! es una de las obras más atrozmente lúcidas que jamás he visto. Desesperadamente esperanzadora, la película de Kurosawa pone en escena el olvido de sí en el que vivimos inmersos: es una niebla que nos aturde, nos arulla, nos adormece y no nos deja ver nada hasta que tenemos encima la hora final. Hace de la muerte (de la conciencia conmocionante de la muerte) la única instancia real que puede dar sentido al absurdo de haber nacido. Tiene la intensidad, la hondura ética y el desborde emocional de las grandes tragedias griegas. Gracias a Kurosawa, ikiru (vivir) no es una palabra japonesa. Es un signo mágico del idioma humano.

Daniel Molina Crítico cultural. Dirige las áreas Letras y Cultura Web en el Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA). Escribe sobre arte, literatura, ideas y nuevas experiencias en AdnCultura (diario La Nación), suplemento Cultura (diario Perfil), revista Ñ (diario Clarín), entre otros medios. En 2007 obtuvo el premio Konex a la crítica literaria.

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