La vida desnuda

19 junio 2012 § 3 comentarios


La TV argentina no cree en la diversidad: es monoteísta. O tal vez sí crea en lo diverso, pero no acepta todos los estilos a la vez, sino que apuesta a ellos sucesivamente. Es monoteísta, pero inconstante: cree férreamente en algo durante un tiempo, y luego cree sólo en otra cosa, y luego sólo en otra. Los estilos van cambiando según los momentos, pero en cada época hay un único rasgo dominante, que es excluyente.

A comienzos de los 90, lo dominante era el teleteatro y todo se regía según su lógica. Incluso los noticieros eran “actuados”. Mónica Cahen D’Anvers y César Massetti “interpretaban” (en el sentido teatral de esta palabra) las noticias. Cada niña que lograba salir bien de una operación de trasplante de órgano era visitada por Mónica, que le dedicaba su mirada más emocionada, y César se indignaba en cámara con las denuncias de corrupción estatal.

Imagen

Ese estilo se generalizó hasta tal punto que se ha convertido en la base del lenguaje televisivo argentino. Sin embargo, esa generalización absoluta del teleteatro ha diluido completamente el género y lo ficcional puro ya no convoca mayorías. Ahora el género dominante es el reality: se trata del reino de una ficción que no se atreve a decir su nombre.

En lo que va del año, los dos programas que han liderado el prime time son ShowMatch y las sucesivas versiones de Gran Hermano. El reality de Telefé ha tenido picos de audiencia sorprendentes –sobre todo en los primeros meses del año, en los que no tenía competencia visible- y también días negros (la nueva versión comenzó en el pozo: apenas 13 puntos de rating). Por su parte, ShowMatch batió récords de espectadores con el nuevo segmento Patinando por un sueño: la noche del debut midió 45 puntos.

Imagen

El reality duro (como GH) muestra el mundo tal como lo percibe una mirada pesimista: “es así, sin ilusiones”. Pone en escena la nada en estado crudo: se ve el sinsentido y el absurdo como componentes esenciales de la vida cotidiana. El reality de destrezas (al estilo de ShowMatch) muestra, por el contrario, que esas naderías -que están en la trama invisible que sostiene el mundo- pueden transformarse en fuente de diversión y provocar euforia (o, incluso, una profunda emoción, como la que desencadenó entre millones de espectadores la primera emisión de Patinando…).

El reality duro es de tradición europea (y suele tener el espesor soporífero del cine vanguardista: largas horas sin que suceda nada). El reality de destrezas es hollywoodense: todo es espectáculo y siempre está la promesa de un final feliz.

Los realitys incluso han desbordado ampliamente el marco de la extraordinaria repercusión televisiva que los acompaña (muchos programas se han transformado en satélites o parásitos de estos dos tanques), y ocupan cientos de páginas de los principales diarios y de las revistas. Las secciones Cartas de Lectores, Espectáculos, Opinión y hasta Política le han dedicado amplios espacios, generalmente para exponer una mirada censora.

Esa mirada crítica se debe a que los realitys son uno de los principales productos de la cultura contemporánea y, como tales, no tienen límites. A diferencia de las decrépitas vanguardias artísticas (esta semana hay un buen ejemplo: se realizarán varias actividades que presentan al patético grupo francés Oulipo como un ente vivo), los realitys no hablan como se lo hacía en el pasado, sino que condensan algunos de los problemas esenciales de nuestro tiempo. Quizá por eso resultan tan atractivos (todo el mundo los mira); y también quizá por eso se los critica tanto: dan vergüenza, como sólo sucede con las pasiones inconfesables.

Los realitys no tienen límites. Suelen generar algún momento sublime, pero la mayoría del tiempo rozan el bochorno. Para empezar, los jurados no tienen ningún otro mérito que ser personas reconocidas por la TV: modelos, cronistas televisivos, productores, actrices. Casi cualquiera puede ser jurado. Lo único que no se acepta es que sepa de canto, de baile o de patinaje.

Imagen

Que no tengan límites significa también que en los realitys se ve y se oye lo que nunca se mostró en público. En ellos se habla como en la calle, casi sin filtro. En algunos de ellos (por ejemplo, en Policías en acción o en el discontinuado Emergencias24, y ahora en GH5) aparecen, por primera vez de manera realista, los más pobres, con su candor, su dolor y también su furia.

Que no tengan límites quiere decir que el cuerpo humano puede ser visto hasta el hartazgo. Esa reiteración desacraliza y desexualiza la piel desnuda: la fascinada mirada masturbatoria que acompañó los primeros escarceos del baile del caño se está transformando en la mirada distraída de una lección de anatomía.

Que no tengan límites significa que todo se puede ir de las manos, por más que se suponga que la producción tiene todo controlado. Hace un par de semanas, murió ahogado en Shere Hills (Nigeria) Antonio Ogadje, un joven de 25 años, quien participaba en la última prueba de un reality de aventuras titulado Supervivientes, que se transmitía en España. Ni siquiera la TV puede garantizar la inmortalidad.

Hay algo del núcleo de nuestra cultura que se está manifestando en los realitys. Lo señala esa histeria pública, que se vuelca masivamente a verlos (la inmensa mayoría de los televisores encendidos sintonizan estos programas), pero que cada vez que se expresa en público manifiesta su rechazo por ellos. En esa denegación de lo que se hace palpita una energía social poderosa.

Los realitys ponen en escena la arbitrariedad que gobierna la relación que cualquiera de nosotros entabla con alguien que tenga poder: ya sea el jurado de ShowMatch o el jefe de la empresa en la que trabajamos. En la vida diaria, todos somos constantemente y absurdamente nominados.

Hacia fines del siglo XVI, la gente comenzó a sentir un profundo desconcierto por los cambios que se estaban produciendo en el ritmo de la vida diaria: comenzaba la producción en serie y se transformaban las relaciones interpersonales en relaciones entre objetos. El espíritu de esa época fue retratado magistralmente por Pieter Breughel: los personajes de sus cuadros se mueven hacia direcciones opuestas, con un frenesí desconocido hasta entonces. Nadie sabe hacia dónde va ni qué hay al fin del camino. Nadie sabe por qué se mueve; pero ninguno puede detenerse. Hay en esas imágenes un sentido desgarrador: ese absurdo que vemos en el cuadro es nuestra vida, desnudada.

Ese gran fresco de minuciosos detalles alocados que dibujó Breughel hace cuatro siglos, ahora lo continúa la TV. Ese absurdo que vemos en la pantalla es la vida misma. Quizá no sea del todo así, pero es así como hoy podemos imaginarla.

Anuncios

§ 3 respuestas a La vida desnuda

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo La vida desnuda en Nada especial.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: