Volver al futuro. Marcelo Pombo en Witcomb

1 julio 2012 § 2 comentarios


El futuro que predicen los futurólogos siempre fracasa porque lo nuevo está al acecho en algún recodo del camino. Lo nuevo jamás es fruto del desarrollo lógico de lo que ya sabemos: es el hijo díscolo de lo que creíamos imposible. Lo que vendrá surge de una mutación, de lo inesperado. La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo. Eso es lo que hacen los grandes artistas. La muestra de Marcelo Pombo (Buenos Aires, 1959), que se titula provocativamente “Mi primera exposición en Galería Witcomb”, traza un mapa de lo porvenir a partir de interrogarse (e interrogarnos) sobre cómo volver a pensar una historia del arte argentino. Su “¿hacia dónde vamos?” surge, a la vez, de una revisión de su propia producción y de una nueva formar de leer el pasado (del arte) argentino.

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Pombo es un artista conceptual que pone en el centro de su producción la elaboración artesanal compleja y sofisticada, realizada por él mismo. En ese sentido es el opuesto perfecto de los artistas conceptuales que militan por la despersonalización del proceso artístico, como Damien Hirst o Takashi Murakami. La obsesiva elaboración de sus obras, que llega a detalles de un barroquismo delirante y alucinógeno, remite a la escuela elemental. Es una memoria de la infancia, no vista como una etapa de la vida ya pasada, sino sufrida y gozada como una insistencia presente, siempre a mano. La producción de estas obras recuerda las “manualidades” escolares, esas prácticas que estimulaban la imaginación física de los niños más pequeños y, a la vez, estaban ligadas a los afectos familiares: en la mesa de la cocina, junto a una madre atenta, el niño pega papel glacé de colores sobre un papel o borda con hilos de seda una bandera. Manualidades: un saber hacer y un saber vivir.

Muestra tras muestra, Pombo va radicalizando la apuesta. Cuando alcanzó la perfección en el manejo de los esmaltes después de una larga década en las que produjo joya tras joya, se despidió de esa difícil técnica con un viaje lujoso: “Lo profundo del mar”, su exposición de hace un par de año había llevado su pasión por los artistas del mundo flotante a materializar y literalizar la metáfora. Desde entonces viene jugando con los stikers (que había usado ya a comienzo de los 90) y la pintura al aerosol. Cambió también la tonalidad: del multicromatismo y los brillos pasó a los ocres, verdes, tonalidades oscuras y al dorado gastado, opaco. Hay en su obra una anticipación de la decadencia de los materiales, como si viéramos hoy las obras tal como serán vistas cuando sean rematadas, dentro de unas décadas, en las subastas del Banco de la Ciudad. Decadencia soñada.

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A las seis obras que componen el núcleo ígneo de esta muestra se le suman varias obras del modernismo, que Pombo rescató de la impresionante trastienda de la galería en la que expone. El artista como curador o cómo hacer arte propio a través de la obra de los otros. El recorrido que Pombo propone es subversivo. Entre Greco y Forner, un Supisiche. Al lado de un extraño Berni abstracto (que formó parte del envío a la Bienal de San Pablo en 1958) hay una chapa que el propio Pombo produjo en los 90. Hay un collage Pop de Yentle. En esa muestra dentro de su muestra, Pombo no selecciona ninguna obra vanguardista: las que valora el nuevo relato curatorial de nuestra ínfima historia. Se adentra en los caminos paralelos. Nada de lo que se ve es lo esperable: un artista no se somete a la Historia del Arte. La reescribe.

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Las obras de Pombo trastocan siempre la relación entre el fondo y la superficie (con una apuesta compleja a la superficialidad). Eso permanece, dentro del cambio: no hay perspectiva, sino una disolución de los elementos en un plano frontal cada vez más denso, ya que está compuesto de objetos adosados (monederos, montañas de stikers, cajas, libros). En un momento en el que el “estilo internacional” parece adueñarse del arte de todo el planeta y ya no se percibe la mínima diferencia entre una obra realizada en Pekín de otra realizada en Berlín, la obra de Pombo, sin dejar de apelar a un discurso universal, se muestra profundamente local. Dialoga, a la vez, con la tradición nacional (o con los excluidos de esa tradición) y con la gran apuesta a la diversidad sin localización que ensaya hoy el arte en general.

Artesanía exquisita y apuesta conceptual riesgosa. ¿Qué más se puede pedir?

Mi primera exposición en Galería Witcomb

Obras e instalación de Marcelo Pombo

Castagnino Roldán Espacio de Arte

Juncal 743

Lunes a viernes, de 10 a 19.

Gratis

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