Chavela Vargas In Memoriam

6 agosto 2012 § 1 comentario


(Esta entrevista con Chavela Vargas se realizó a comienzos de 2004, cuando vino a dar un recital en el Luna Park;

la publicó el diario La Nación, en un suplemento especial por la muestra de arte mexica en Fundación Proa)

 

Chavela Vargas (85) estuvo una semana en Buenos Aires. Ofreció un recital en el Luna Park, el lunes 5, que en un par de horas agotó todas las entradas. A pesar de haber nacido en Costa Rica ella se siente profundamente mexicana. Toda su carrera la desarrolló en México, país en el que vive casi desde niña y al que ama profundamente. Hoy vive cerca de Veracruz en una casa en las montañas, a orillas del Atlántico, en una aldea de pescadores. Fue amiga de grandes mujeres artistas, desde María Félix y Elvira Ríos hasta Elizabeth Taylor y Frida Kahlo, con quien vivió en la famosa “Casa Azul” de Coyoacán, donde también estuvieron León Trotsky, Lucha Reyes y Dolores del Río. Durante varios años compartió la vida cotidiana de Frida y de su marido, el pintor Diego Rivera.

Sin nostalgia pero también sin arrepentirse de un pasado que conoció el exceso, Chavela Vargas prefiere concentrarse en sus proyectos presentes y futuros, como la grabación de canciones que mezclan los sonidos precolombinos con la canción contemporánea. Se siente muy agradecida de la oportunidad que le brindó su amigo Pedro Almodóvar al incorporar su música en la película “Tacones Lejanos”, lo que le dio una nueva oportunidad después de una década alejada de los escenarios. Conocedora de la cultura indígena y embajadora extraoficial de México, mantuvo esta entrevista con LA NACION en la que reflexiona sobre la música como medio de comunicación entre los pueblos y la belleza majestuosa de la cultura prehispánica, mientras recuerda fragmentos de un vida tan rica como audaz.

 

–Usted ha dicho que ama esta ciudad, ¿qué le atrae de Buenos Aires?

–Aquí no existe lo imposible. Te diría eso desde el fondo de mi alma. Vine a Buenos Aires por primera vez a mediados de los 60, no para cantar sino para conocer, y desde entonces quedé maravillada. Es una ciudad tan bella, tan elegante, con una personalidad extraordinaria, en la que se siente la esperanza, te contagia la alegría. Y eso surge hasta en el tango o la milonga, músicas que tienen una melancolía tan profunda. Hay algo en la música de aquí que la une al flamenco y al corrido mexicano. Es una tristeza infinita. Todas estas músicas profundas son tristes. Pero el tango se destaca porque mezcla la tristeza con la sensualidad, es algo maravilloso. Yo soy una convencida de que lo que más acerca a los pueblos es su arte, y en especial su música. Por encima de la diplomacia, la música hace que pueblos muy diferentes se acerquen.

–Desde hace un tiempo está tratando de unir la música prehispánica con la canción moderna…

–Estoy trabajando sonidos de algunos instrumentos prehispánicos, como el del caracol. Tomas un caracol y le cortas una punta y soplas por ella. Produce un sonido grave que sube y se va. Tienes que esperar a que el sonido vuelva a ti. Es un reto que yo me he propuesto. Quiero ir a soplar el caracol a una pirámide como se hacía 500 años atrás. Quiero grabar eso. Sería un sueño, algo que hace siglos no se oye.

–¿En qué estado se encuentra ese proyecto?

–Lo voy desarrollando, pero es algo necesariamente lento, como fuera del tiempo. Tengo días que no duermo tocando el caracol en la casa. Oyendo cómo retumba, cómo vuelve ese sonido a mí. Y pienso que tendría que cantar la nota del bolero cuando oigo bajar el sonido del caracol. Si lo logro será una cosa divina, nunca oída.

–¿Todavía no oyó ese sonido?

–No, lo estoy experimentando, pero aún no lo oí. Tengo muchas inquietudes. Me encanta descubrir cosas nuevas todos los días. Pienso que todavía no debo partir. Todavía no. Sigo siendo una turista de la vida. Hoy fui a un restaurante y tenían allí peces que nunca había visto. Yo no termino nunca de sorprenderme de las maravillas que existen. Ves esos peces que están en el fondo del mar y te parece que todavía no has visto nada.

–Y eso le sucede a pesar de que vive en una aldea de pescadores cerca de Veracruz.

–Es que siempre, no importa qué experiencias tengas, puedes ver algo nuevo. Yo vivo fuera de la ciudad, en la montaña. A la ciudad voy a pasear y hacer compras, pero vivo en medio de la nada. Acompañada de mi soledad. Que es lo más sagrado que tengo ahora. La logré un día, hace pocos años, cuando se me ocurrió saludarme a mí misma. Me encontré a mí cuando me di cuenta que éramos iguales esa que saludé en el espejo y yo. Y desde entonces nos amamos.

–Supongo que esa soledad debe estar muy concurrida de recuerdos, porque ha intimado con mucha de la gente más brillante del último medio siglo. Ha vivido años con Frida Kahlo y Diego Rivera, ¿no fue conflictivo?

–Eran dos genios, pero no eran conflictivos. Al menos en la vida cotidiana. Para afuera de la casa hacían mucho alboroto, pero adentro hacían una vida sencilla. Era teatro para el público. Si lees el diario de Frida verás que se queja de lo tacaño que era Rivera, de las dificultades que tenía para comprar lo necesario para comer ese día, porque Diego casi no le daba nada de plata. Habla de cosas pequeñas como las que nos pasan a todos. Viendo las maravillas que han dejado parece mentira, pero viviendo con ellos te puedo decir que la vida puertas adentro era tan cotidiana como la de cualquier casa. Yo creo que ella era la más genial de los dos, pero hacía sacrificios para sostenerlo a Rivera, para apoyarlo, para que lo de ella no sobresaliera. Para que el hombre no se viera disminuido. En eso era una típica mujer de entonces. Yo no hubiera hecho eso.

–Usted siempre ha sido una defensora de todo lo femenino…

–Yo sólo le hago concesiones al público. A los hombres, no. De ninguna manera. Quiero mucho a la mujer. Mujer fue mi madre. Amo a las mujeres: a las que luchan y a las que están en el hogar, a las intelectuales y a las que trabajan duramente. A las mujeres todo nos cuesta más.

–Usted fue muy amiga de Elvira Ríos, una de las más grandes artistas de México, que hoy está casi olvidada.

–Es una injusticia increíble lo que sucede con Elvira. Es raro que me preguntes por ella porque hoy nadie la recuerda, pero fue de lo más grande que hubo. Poco antes de que muriera la encontré en un salón de la compañía en la que ambas grabábamos discos y debajo del sillón tenía varias botellas de tequila vacías. Ya estaba muy sola. Ni siquiera sé de qué murió. Es un caso muy triste. Ella fue la primera artista mexicana en protagonizar películas en Hollywood. Era una cantante exquisita, única, y nadie sabe qué le paso. Es que el mundo con los artistas y con las mujeres es más duro.

–En México, durante los 40 y 50, descollaron muchas mujeres increíbles, desde usted y Elvira Ríos a María Félix. ¿Fue muy difícil imponerse?

–En México, el machismo existe hoy, aunque es un poco más tolerable. Así que imagínate hace medio siglo. Era algo terrible. Todavía en los 60 no se podía vestir un pantalón. Pero nosotras nos atrevíamos a todo. Para seguir con Elvira, te cuento que una noche andábamos las dos borrachas perdidas por las calles más concurridas de México. Ella con un traje de noche, lujosísimo, y yo con mi poncho. Nos subimos al monumento de Carlos IV, que estaba entonces en una ubicación totalmente céntrica. Ni sé cómo logramos subir a ese gigante caballo de metal. Pero ahí estábamos. Alguien que pasó por allí nos regaló una botella y seguimos tomando. Yo vi que se venía el día y le digo a Elvira que teníamos que irnos porque si nos encontraban allí se armaría un escándalo. Y Elvira me dice: “¿tú te puedes bajar?, Pues yo no”. Y era verdad. Vino la policía. Tuvieron que llamar a los bomberos para bajarnos. En todas las revistas se comentó eso. Y sobrevivimos. Así era la vida.

–Fueron años muy intensos. Se cuenta que la fiesta del casamiento de Elizabeth Taylor con Michael Todd, a la que usted asistió, fue algo increíble.

–La fiesta nunca terminó. Liz nunca vio al marido esa noche. Todo el mundo terminó con todo el mundo menos con el que había ido. Todo terminó revuelto. Fue divino (risas). Yo me encontré que en mi cama estaba Ava Gardner, que por entonces era bellísima. A las estrellas le gustaba vivir largas temporadas en Acapulco a mediados de los 50. La vida allí era relajada, tranquila. Salíamos con Liz a caminar por el centro. Ibamos a comprar chocolates y whisky. Nadie molestaba ni pedía autógrafos. También allí estaban María Félix con Agustín Lara. Fue cuando él le compuso esa canción tan bella, “María Bonita”.

–¿Qué opina de la versión de este tema que canta Caetano Veloso?.

–A mí me encanta él. Lo mismo que a Pedro Almodóvar, por eso lo ha puesto en sus películas. En “Hable con ella”, Caetano canta mi versión de “Paloma negra”. Es bellísimo lo que hace. Es un gran creador latinoamericano. Renueva nuestra cultura.

–Usted vive en medio de un cruce de culturas prehispánicas, frente al Atlántico, en una zona que hace tres milenios fue olmeca…

–Hay en toda esa región tal cruce de culturas que es algo maravilloso. El cruce, la mezcla cultural siempre produce grandes cosas. No entiendo cómo puede haber defensores de la pureza. Además, la cultura de allí es muy antigua. Nos olvidamos que los indígenas mexicanos son anteriores a los griegos. Cuando uno ve esas cabezas olmecas imponentes, como las que hay en el museo de Xalapa, comprende la dimensión de la cultura que allí hay. Para traerlas a Xalapa desde La Venta de Tabasco tuvieron que acolchar todas esas cabezas gigantes. Fue un operativo increíble. Ahora ustedes van tener el placer de ver la belleza de ese monumento. No es sólo lo que mide o lo que pesa, sino la belleza. No son humanas. Hay algo animal. Esa belleza nace de la mezcla de lo humano con el jaguar. A mí me impresiona mucho el tocado que tienen. Son como la concreción en piedra de un misterio.

–A pesar de la antigüedad es una cultura que aún se mantiene viva…

–Y cómo. Yo he participado de la ceremonia en la ciudad sagrada de Tajín. Allí vienen de todo México a celebrar los ritos y es algo tan emocionante. Yo lloré de emoción. Maravillada por lo que veía y compartía. Allí vivieron los tlatoanis, los grandes señores, como Cuauhtémoc, el último emperador azteca. Tan grandes poetas. Hay una energía poderosa en todo ello.

–Usted vive eso desde adentro, más ahora que la han ungido chamana.

–Así es. Me acaban de dar la investidura de chamana. Los huicholes. Fue en el centro de México, en San Luis Potosí. En una ceremonia con el peyote sagrado. Fue lo más grande que yo pudiera haber recibido. Me da una fuerza enorme.

 

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