Gore Vidal: la lucidez como fuego de metralla

7 agosto 2012 § 1 comentario


(Esta nota fue publicada el domingo 5 de agosto de 2012 en el diario Perfil, con motivo de la muerte de Gore Vidal)

Gore Vidal era el último animal de una especie que se extinguió: el polemista brillante. Fue una especie con pocos ejemplares, pero todos fueron gloriosos: Allen Ginsberg, Truman Capote, Norman Mailer. En el libro de memorias de Vidal se lee esa conciencia de la soledad: se ha quedado sin adversarios que estuvieran a su altura. Para seguir la pelea debió rebajarse a criticar a Bush. Al final de su vida posiblemente sintiera lo mismo que sintió Marlene Dietrich cuando se enfrentó con la vejez. La diva alemana decidió encerrarse durante sus últimos diez años para no ver cómo cambiaba el mundo y para que el mundo no la viera decaer. En la soledad mugrienta de su encierro (solo lograban bañarla a la fuerza, cada tanto), Marlene vivía acompañada por los retratos de los amigos famosos que iban muriendo: solo los muertos tenían derecho a compartir su soledad. Al final, quedó solo ella como testigo mudo de una época magnífica que ya nadie recordaba. Si bien Gore Vidal pudo sentir lo mismo (sabía que todo lo que había amado estaba muerto), su actitud fue exactamente la contraria a la de Marlene: no se alejó ni un instante del ruido del mundo.

Gore Vidal (izquierda) con Federico Fellini

 

Había nacido como Eugene Luther Gore Vidal el 3 de octubre de 1925, en la Academia Militar de West Point, ya que su padre era oficial de las Fuerzas Armadas. En su adolescencia decidió que su nombre estaría formado sus dos apellidos. Nació en una de las familias patricias norteamericanas, lo que le permitió conocer desde niño los secretos laberintos del poder y las debilidades de los más poderosos. Su libro de memorias (titulado en castellano Una memoria -Palimpset, en inglés-) es una de las más agudas, malvadas y divertidas recopilaciones de chismes que se han escrito jamás. La mayoría de los personajes estadounidenses que han tenido alguna significación cultural o política durante las últimas siete décadas son arrastrados a comparecer en estas páginas como quien es llevado a una cámara de tortura. Gore Vidal no ahorra detalles escabrosos ni apuntes irónicos: muestra que todos los dioses tienen pies de barro.

El personaje más negativo que se retrata en Una memoria es la madre del autor: Nina Gore Vidal Auchincloss es una borracha perdida, envidiosa, fracasada, ambiciosa, capaz de hacer daño a cualquiera. En una de las primeras escenas de este libro, la madre le cuenta al escritor -todavía niño- que su segundo marido, Hugh Dudley Auchincloss (quien unos años después será padrastro de Jackie Kennedy Onassis, lo que convertirá a la futura primera dama en hermanastra de Vidal), es impotente, pero quiere tener un hijo. Nina no ahorra detalles sobre la técnica por medio de la cual Auchincloss pretende embarazarla. El pobre Hughie -como le llamaban sus hijastros- recogía el semen (que había logrado eyacular masturbándose) en una cucharita. Con ese utensilio trataba de meter dentro de ella “sus bichitos”. A pesar de semejante educación, Gore Vidal dice que el sexo no fue nunca un problema en su familia: todos vivían sus vidas sexuales sin ningún tipo de culpa. En sus ensayos (en especial, en Sexualmente hablando, una de las recopilaciones más logradas de sus textos polémicos) se refleja esa libertad erótica de la que supo disfrutar desde pequeño.

Como muchos de sus amigos-enemigos (Jean Cocteau, André Gide, Capote), Vidal se inspira en Oscar Wilde. Al igual que ellos, su estilo como polemista le debe todo a textos como La decadencia de la mentira, El crítico como artista o El alma del hombre bajo el socialismo. A diferencia de Cocteau o Gide, que casi no se refirieron de manera explícita a las relaciones homosexuales (aunque casi no hablaron de otra cosa), Vidal hace de la homosexualidad una de las piedras de toque para discutir la cultura contemporánea.

El principal mérito de Vidal como escritor es el humor. Es el ironista perfecto porque además funda su crítica en datos comprobables y ciertos. Por ejemplo, al hablar de los puritanos que fundaron Estados Unidos recuerda que, a la caída de Cromwell (que los había protegido), se escaparon de Inglaterra. Pero no se fueron del país porque las nuevas autoridades los persiguieran, sino porque en Inglaterra “se les había prohibido que persiguieran a los demás”. Según Vidal ahí reside el drama de los EEUU: su origen puritano. Basándose en sus creencias extremistas, los puritanos fundaron una sociedad teocrática y lograron que el Estado se preocupase por combatir el pecado: el adulterio y la sodomía se transformaron en crímenes. Todavía en la mayoría de los estados norteamericanos están prohibidos la fellatio, el cunilingus y el coito anal, incluso entre parejas heterosexuales casadas legalmente (en el caos legal que nace de este caos moral, las penas por estos “delitos” varían desde algunos meses hasta cadena perpetua).

Escribió decenas de miles de páginas de ficción pero no brilló en sus novelas. Todavía se pueden leer las históricas, como Juliano, el apóstata (en la que recrea admirablemente los últimos momentos del mundo antiguo) o Lincoln. Su escritura es clásica, llena de ironías y de atención a pequeños y significativos detalles, pero no está a la altura de sus compatriotas geniales. Su desgracia fue pertenecer a la misma tradición ficcional que Melville, Faulkner, Scott Fitzgerald o Capote.

Tuvo una vida maravillosa: provocativa y estimulante. Dedicó su genio a vivir, por eso para escribir sus obras solo pudo recurrir a su talento. A pesar de eso, en sus ensayos y memorias sobreviven fragmentos espléndidos de semejante jolgorio. Vale la pena volver a leerlos.

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