La ilusión como arma

28 octubre 2012 § 1 comentario


En la Grecia clásica el trompe-l’oeil era la representación pictórica más apreciada. En los principales muros de las mansiones de las familias patricias de Atenas se pintaban jardines que simulaban invadir, desde el exterior, la sala principal, o se pintaban ventanas que se abrían a un paisaje que no existía más que en su representación pictórica. El barroco llevó el ilusionismo óptico a su perfección, apostando no solo por el trompe-l’oeil sino también por la anamorfosis y por otras formas de generación de ilusiones ópticas. Por su carga mágica y por su asociación con la infancia, las ilusiones ópticas suelen ser muy populares entre el público y, a la vez, suscitar la desconfianza de los artistas (ya que algunos las consideran una concesión al gusto masivo, lo que en ciertos ámbitos está muy mal visto). Sin embargo, hay también artistas de una poética muy refinada que basan gran parte de su producción en este juego perverso. Por ejemplo, Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973), cuya obra viene explorando desde hace 15 años las diversas posibilidades de la ilusión. En su muestra Un ascensor, tres nubes, una tienda, tres fotos, un tren, una puerta rota y un jardín perdido recorre su producción de estos últimos años, a través de diversas instalaciones, esculturas, objetos y videos que no fueron exhibidos en la Argentina: en todos ellos el núcleo significativo se organiza en torno de la ilusión óptica.

El mundo que generan las obras de Erlich se relaciona siempre con el encantamiento. De alguna forma nos retrotrae a lo mejor de la infancia: a ese momento en que nuestra percepción era una herramienta poética. Cuando fuimos niños, se convertía en arte todo lo que nuestros ojos tocaban. Las cosas nos develaban su misterio: todo nos parecía una maravilla. La obra de Erlich tiene el poder de colocarnos en ese instante anterior al cinismo: cuando amar a la vida era algo potente y hermoso.

En esta muestra se exhiben dos videos que no son (o lo son de una manera perversa) “video-arte”. No se trata de pequeños films incoherentes y con bajo presupuesto, sino de instalaciones visuales en las que los videos tienen un papel que cumplir: la recreación imaginaria de un viaje y el interior de un ascensor que, cada vez que abre la puerta, nos cuenta otra breve historia de la nada. En un caso se trata de una supuesta ventanilla de tren desde la que vemos, en tiempo real, el desplazamiento a través las vías de algún país de oriente. Con el paso del tiempo, la filmación en HD genera la ilusión de estar viendo el mundo a través de esa ventanilla. En el otro caso, se trata de una puerta automática de ascensor que se abre sistemáticamente, mostrando siempre personas en “situación de ascensor”: el ansioso que no puede esperar que se cierre la puerta, las dos personas que buscan ignorarse; las que se miran sin saber qué hacer; etc. Viajes: en el eje horizontal-vertical de la ficción cotidiana.

Hay unas fotografías que muestran a gente del público “jugando” en la gran instalación de Erlich que todavía se puede ver en la Usina del Arte, en la Boca. Hay también un jardín encerrado en un rincón de la galería, tan artificial como el juego de espejos que hace que nos vemos en una ventana de enfrente, pero desplazados. Hay una puerta rota por una bola de metal (se ve el momento en que “estalla en el aire”). Hay tres nubes encerradas en sus cajas de acrílico. Hay una falsa tienda que vende camisas de cerámica blanca (algunas quebradas, para quebrar, a su vez, la ilusión de realidad) y con probadores que se convierten en laberintos infinitos y complejos (ya que en algunos espacios estamos, en otros no y en otros somos el vecino que está en el probador de al lado), como los de El jardín de los senderos que se bifurcan, de Borges.

Recorrer una muestra de Erlich (más aun una como esta, que es tan ecléctica en sus propuestas) es como subirse a una máquina del tiempo y viajar a ese momento en que nos permitíamos gozar de lo ilusorio. Hay en ello un proceso de aprendizaje: tanto ético como estético. La poesía de la ilusión nos prepara para la iluminación: tenemos que aprender a no tomarnos tan en serio.

Ficha:

Un ascensor, tres nubes,

una tienda, tres fotos, un tren,

una puerta rota y un jardín perdido

De Leandro Erlich

Ruth Benzacar

Florida 1000

Lunes a viernes, de 11.30 a 20.

Gratis

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