Nada menos que el vacío

18 noviembre 2012 § Deja un comentario


Si se pudiera extraer el vacío que existe dentro de cada átomo, el total de la materia de la que estamos hechos los 7.000 millones de seres humanos cabría en un cubo de un centímetro de lado. Todo el universo no ocuparía mucho más. No nos espera la nada: ya la portamos en vida. Somos nada que vive tratando de ignorar su existencia (que es una inexistencia). El vacío nos constituye. El budismo lo dice desde hace milenios. Somos hojas danzando en la tormenta, y detrás de esa hojarasca no hay nada. La pintura taoísta china y los karesansui (los jardines zen japoneses) son imágenes que nos ayudan a transportarnos a ese estado en el que la conciencia flota y se diluye: el paso previo a la iluminación (cuando nos diluimos en la nada). Hay en el minimalismo y en el serialismo del arte occidental una impronta tao-budista: nos enfocan en lo esencial, lo que no está; lo que permite que la serie continúe y sea, literalmente, infinita e ínfima a la vez. La pintura que Juan José Cambre (Buenos Aires, 1948) viene experimentando en lo que va del presente siglo es una imagen parcial, pero no distorsionada, de este proceso serial y minimalista. No significa nada: significa nada más que la puesta en serie del color. Ese procedimiento lo transforma todo.

En la muestra antológica que se está exhibiendo en el Centro Cultural Municipal San José, de Olavarría, se presenta la obra que Cambre ha producido en los últimos 12 años. Hay en toda ella, a pesar de sus diferencias, una constante: el color, que se ha desplazado; de materia de la pintura se ha transformado en el tema. Si bien cada cuadro vale por sí mismo, en esta producción cada obra obtiene su valor como parte de una serie. Cada obra funciona, a la vez, como signo distinto y completo (una palabra del lenguaje) y como signo básico (una letra del alfabeto).

En su tríptico Magenta, Cian y Amarillo cada cuadro vale por sí mismo. En cada uno de ellos, además, se ven los tres colores básicos, aunque en proporciones diferentes: en el magenta, el follaje está pintado de ese color y domina la superficie de la tela mientras que las sombras y el fondo son amarillo y cian. Lo mismo sucede en los otros dos. Vistos por separado, cada uno es una imagen en pequeño del conjunto. Pero vistos de conjunto, se la agrega el contraste entre ellos y la serialidad, que podría devenir inabarcable (al menos en la mente, ya que una serie nunca está compuesta solo por lo que vemos sino por su estructura conceptual).

Alejándose cada vez más de la expresión y del relato, Cambre ha llegado (pero como quien camina sin detenerse: no es un arribo a un punto fijo) al color sin simbología. No tenemos un azul para calmar las pasiones o un rojo que las enciende, sino tal o cual número en el catálogo pantone: un registro preciso de las tonalidades sin más allá. En las obras de esta muestra, lleva a su extremo formal la depuración anecdótica que había iniciado en la serie de los cuencos (y que abarcó buena parte de los 90). Sin historia que narrar, su pintura se convierte en una pura superficie que se muestra gozosa.

Sus obras de comienzo de siglo surgieron de fotografías que registraban momentos ambiguos e imprecisos (un follaje sin referencia, el brillo del sol en el agua). Proyectaba la foto sobre la tela y, a través de sucesivas capas de pintura, las hacía desaparecer. Ver la imagen original (que ya era difusa) se tornó una tarea compleja: se veían formas que eran más insinuadas que mostradas. En esas obras ya el color funciona como tema. La tela se cubre de sucesivas superposiciones de distintos tonos de un mismo color o se confrontan tonos por oposición. O la monocromía o el enfrentamiento (que además recurre a lunares que esfuman los contornos, dando un aire extrañamente impresionista a una pintura que trabaja contra la expresión de cualquier tipo).

Sus últimos trabajos son variaciones sobre el color en sí mismo. Ya no hay otro tema. Cada obra se manifiesta como parte de un conjunto en la que funciona como signo. Uno de los tonos de verde; uno de los rojos; la mezcla entre el verde y el rojo; el amarillo; la mezcla del amarillo con el magenta; y así ad infinitum (aunque Cambre presenta series finitas, por lo general de nueve cuadros por línea y de tres o cuatro líneas).

Color vacío de contendido: hermosa forma de mostrar el vacío.

Ficha

Cambre 2000-2012

Antológica de Juan José Cambre

Centro Cultural Hogar San José

Riobamba 2949, Olavarría (Buenos Aires)

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