Diego Bianchi: De la dificultad de ser humano

5 junio 2013 § 1 comentario


Según Arnold Toynbee, las civilizaciones surgen cuando un grupo humano es capaz de enfrentar exitosamente las dificultades que se le presentan. Federico Peralta Ramos odiaba a Toynbee. Según Federico, su padre se había inspirado en el historiador británico en la forma en la que los había educado. Decía que, a pesar de la inmensa fortuna familiar, el padre les había dispensado un mínimo de comodidades y que jamás les había dado ningún dinero que no se hubieran sabido ganar por su propio esfuerzo. En la obra de Diego Bianchi se aúnan los destellos calvinistas que brillan en el pensamiento de Toynbee con algunas suaves ráfagas de la ironía de Peralta Ramos.

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La dificultad está en el núcleo secreto de la obra de Bianchi. Ya sea que expanda el caos hasta sumar pequeñas porciones de un cosmos en bancarrota (como se veía en Wikipedia, la obra con la que ganó el segundo premio en el Petrobrás 2007), ya sea que parta de homenajear a uno de sus maestros (como hizo en Escuelita Thomas Hirschhorn, instalación, acción y performance que presentó con Leo Estol en Belleza y Felicidad como respuesta creativa a una mínima crítica lateral que les había realizado yo), ya sea que produzca a partir de los desechos de lo que lo rodea (como las obras que produjo durante su estadía en la beca Rojas/Kuitca y que confundían al personal de limpieza, que no sabía si eso que estaba allí era la basura –que debían limpiar- o la “obra”, que no debía tocarse), Bianchi goza enfrentando la dificultad. La pone en escena. Es el régisseur de lo difícil.

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Ejercicios espirituales es la instalación más ambiciosa y compleja que Bianchi realizó hasta la fecha. Al igual que en Imperialismo minimalismo (su muestra en la Galería Sendrós, en 2006), ya el ingreso es complicado. A diferencia de su muestra en 2006, Ejercicios espirituales no exige del espectador una mínima destreza de montañista, pero al igual que en aquella muestra se le dificulta la entrada. La primera arcada de la sala C del Recoleta está tapiada al estilo Bianchi: con materiales de descarte, con cintas de embalar, con trozos de trozos, con precarios cartones.

Esa barricada endeble deja ver, en sus intersticios, algo de lo que espera en el interior de la sala: un laberinto de formas humanoides en proceso. Al estar tapiada esa entrada, el espectador dirige su mirada al fondo del pasillo y se encuentra con una escultura, en la que un ser mitad humano mitad cactus (o tronco) simula una pose yoga. Es el guardián de la entrada que, como el guardián de Ante la Ley en el cuento de Kafka, está allí para avisar al desprevenido que esa puerta sólo está abierta para que ingrese él. Al igual que el guardián kafkiano, el tótem de Bianchi tampoco habla: no explica nada. Posa, con una serenidad que sólo se puede lograr tras una larga experiencia meditativa.

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Todo el espacio de la sala C está literalmente invadido por esculturas, objetos e intervenciones, que dibujan un laberinto sin centro. Hay rasgos antropomórficos que nunca terminan de cuajar en una representación humana completa. Son obras de Bianchi: en proceso de producción (o de destrucción, en el exacto “medio” entre hacerse y deshacerse). Hay un continuum entre lo animal y lo inanimado: de un pedazo de silla sale un brazo y de una pierna surge un palo que se ensambla en un andamio que no sostiene nada.

Más que un museo de los horrores de la guerra (aunque tiene un aire goyesco, en especial de los cuadros negros de la Quinta del Sordo), Ejercicios espirituales es la puesta en escena de los delirios del cuerpo cuando trata de sobrepasar las limitaciones que la biología le ha impuesto. La civilización que surge en el más allá de lo que el cuerpo puede es un remedo del Jardín Infernal que pintó Hierónimus Bosch. Un jardín en el que las delicias son mutaciones. Un jardín en el que los sueños son pesadillas habitadas por Freddy Krueger. Un Freddy cuya carne es de cemento mal cuajado y cuyas uñas han sido limadas por la ironía y otras pasiones humanas.

Ficha

Ejercicios espirituales

De Diego Bianchi

Centro Cultural Recoleta

Sala C

Junín 1930

Hasta el 15 de agosto

Gratis

 

 

 

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