La fiesta interminable (Laberinto Minujinda)

4 agosto 2013 § Deja un comentario


Dalí dijo que deberíamos vivir como si cada día fuera una fiesta. El arte, incluso aquel que comunica con las pasiones más terribles y con las prácticas más atroces, es siempre una apuesta positiva. Al final del camino estético siempre está el sentido: una construcción del mundo a escala de nuestro deseo infinito. Los griegos lo sabían bien: la tragedia es la afirmación rotunda de la vida, a pesar de que creían que el haber nacido es un absurdo que nada -ni siquiera la muerte- puede remediar. De allí que los griegos hayan elaborado no solo una cultura sofisticada y compleja, sino que la hayan fundado en la afirmación y la alegría. Marta Minujín es nuestra artista positiva por excelencia. La reconstrucción parcial de su Laberinto Minujinda (1985-2013) es la prueba elocuente de esa potencia que la caracteriza: tratar de hacer de cada obra una fiesta.

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La obra original, una megainstalación realizada en 1985, abarcaba 21 salas del Centro Cultural Recoleta. El recorrido proponía diversas situaciones creadas a través de la tecnología de la época. Para ingresar al laberinto, el espectador debía elegir entre dos caminos: el de la inteligencia o el de la belleza. Se pasaba por distintas salas en las que había proyecciones, paneles, sonidos, olores, un espacio en el que los participantes eran maquillados, otra sala en la que se los fotografiaba, un espacio de reflexión (dentro del Minotauro; un laberinto dentro del laberinto), una cama por la que debían rodar para llegar a la salida. Era una obra efímera y de la misma, fuera de la documentación, ha quedado poco de material. Salvo una serie de pinturas abstractas, con un toque psicodélico y pop, que remiten más a las décadas del 60 y 70 que a mediados de los 80.

Al poner en perspectiva las intervenciones, las ambientaciones, los happenings, el arte de los medios y las acciones que Minujín desarrolló durante aquellos años (y que se pudieron ver en detalle en la excelente retrospectiva que se exhibió en el Malba hace un par de años) se comprende que su energía creativa tiene la potencia de un huracán sobre la pampa. El Laberinto Minujinda (de 1985) se propuso generar un entorno en el que el espectador fuera un participante activo y, por lo tanto, producir una experiencia que fuera más allá de la percepción.

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El Laberinto Minujinda también enfrentaba a los pequeños grupos de participantes (no podían entrar más de 30 personas a la vez) con el desafío de la elección de caminos de los que se desconocía el destino: una metáfora in situ del sinsentido de la vida, arrojada al capricho de lo azaroso. Mientras más se adentraba el participante en el laberinto, más solo se sentía y más arbitraria eran las acciones. De toda esa experiencia, ahora restan una docena de telas y una reconstrucción (más conceptual que física) del laberinto en sí mismo: completamente abstracto.

Aún en la pequeña escala de la galería de arte, la reconstrucción actual funciona como una semilla para el pensamiento: recrear en la mente la experiencia imposible de revivir la experiencia que no se tuvo (o rememorar la que se tuvo, si uno participó de ella en 1985; da lo mismo) y soñar con un cruce de caminos entre la inteligencia y la belleza que conducen a la soledad sin remedio. Pero de esa soledad emerge la alegría de una fiesta pop que brilla en estas telas. La sonrisa de quien sabe que todo acaba.

Ficha:

Laberinto Minujinda (1985-2013)

Marta Minujín

Galería 11×7

Libertad 1628

Lunes a viernes de 12 a 20

Gratis

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