La última fiesta

26 marzo 2014 § Deja un comentario


 

Napoleón sabía que nadie es un héroe para su valet: cuando la distancia con otro es tan mínima e íntima como la que existe en la convivencia cotidiana se produce do rasgo de genialidad. Norman Mailer, el muchacho prodigio que había debutado en las letras norteamericanas en 1948 con una obra monumental y singular, Los desnudos y los muertos, supo muy pronto que Napoleón estaba en lo cierto.

En 1951, el escritor conoció a Adele y fueron amantes hasta 1955, cuando se casaron.

Durante los años que estuvieron juntos, los Mailer sostuvieron una relación autodestructiva, que se alimentaba de continuas peleas violentas y reconciliaciones cada vez más breves. Norman y Adele, que estaban separados desde 1960, se divorciaron en 1962, dos años después de haber producido uno de los mayores escándalos policiales del mundillo cultural neoyorquino. En La última fiesta, Adele Mailer da su versión de los hechos.

En 1960, mientras estaba en campaña como candidato a alcalde de Nueva York, Mailer apuñaló “con un cortapapeles de casi ocho centímetros de largo” a su mujer, Adele Morales. Fue después de una de las tantas fiestas que daban habitualmente los Mailer, en las que el consumo de alcohol alcanzaba dimensiones pantagruélicas. El escritor estuvo a punto de ser condenado a 15 años de prisión. También se evaluó la posibilidad de tratarlo con electroshocks. Pero pudo escapar de la cárcel y del manicomio por la oportuna intervención de un psiquiatra que lo diagnosticó como “un esquizofrénico paranoico”.

A pesar de que han pasado 40 años desde el violento incidente que la obligó a ingresar a la sala de terapia intensiva en el Hospital Universitario de Manhattan, Adele no oculta el rencor que aún le guarda al escritor. En un apéndice final, ella reconoce, en uno de los mejores párrafos de todo este libro, que durante décadas el odio no le dio descanso: “durante años disfrutaba de mis extravagantes fantasías en las que alegremente le arrancaba sus ojos azules, con la destreza de quien vacía un melón con una cucharita, le cortaba en rodajas el hígado graso e hinchado de alcohol y le arrancaba las uñas una a una; pero lo mejor era cuando le cortaba su mentirosa lengua y le mutilaba las manos, condenándolo a escribir la gran novela americana con los pies”.

A pesar de que Adele se presenta en todo momento como la víctima de un cretino insoportable se puede leer entre líneas que convivir con ella no debe haber sido muy agradable para Mailer (ni ningún otro). Su gran modelo es Carmen, la independiente protagonista de la ópera de Merimée, que ella conoció a los 13 años y que, según cuenta, marcó su vida. Muy joven se relacionó con la vanguardia cultural neoyorquina, gracias a su primer amante: Ed Fancher, cofundador del Greenwich Village. Con él participó de las salvajes fiestas en el Village, de las orgías de peyote en Nueva Orleáns y de las convencionales cenas literarias en Connecticut.

Aunque nombra a famosas personalidades del mundo del arte o del espectáculo, pocas veces cuenta algo interesante con respecto a ellas. De los muchos encuentros que los Mailer mantuvieron con Montgomery Cliff, Marlon Brando, Lilian Hellman o Alberto Moravia, Adele sólo rescata algunas opiniones positivas que estas personalidades manifestaron sobre ella. Su narración es profundamente impresionista: todo lo que cuenta es lo que ella piensa de la gente. Una década junto a uno de los más grandes escritores norteamericanos no le permitió a Adele aprender demasiado sobre la escritura literaria.

Aunque en el libro abunda el sexo, las descripciones son genéricas y las historias tan centradas en su deseo de atraer que llegan a cansar. El leitmotiv (secreto, pero visible) que recorre La última fiesta, de la primera a la última página, es el terror a la homosexualidad. Cuando el escritor rompe con Styron porque este le dice que Adele es lesbiana, ella retruca con el principal insulto que puede imaginar: “Styron es marica, todos dicen que es rarito”.

En otra parte, Adele cuenta que una noche, después de que Mailer le dijera que se acostó con una travesti, ella se sintió tan asqueada que no permitió que la tocase más. Más adelante, cuenta que estaba celosa del mejor amigo de Mailer, Mickey Knox, un actor. Dice que no tenía una razón para sus celos, pero que había algo entre ellos que le repugnaba. Y agrega maliciosamente: “No es casual que Gore Vidal me haya dicho ”Norman Mailer ha estado casado desde siempre y lo seguirá estando hasta siempre con Mickey; ninguno de ellos podría vivir sin el otro””.

(Este texto lo publiqué el 28 de octubre de 2001 en el suplemento Cultura, del diario Clarín, a proósito del libro La última fiesta, de Adele Mailer) 

 

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