La perversa inocencia (sobre Keith Haring)

1 mayo 2014 § 5 comentarios


La escena sucede en Nueva York a comienzos de 1988. Keith Haring, que recién tiene 29 años y ya es el artista plástico más popular de la capital mundial del arte, sale del hospital. Le acaban de entregar un sobre: contiene el resultado del test del sida que le realizaron unas semanas antes. Apenas llega a la calle quiere abrir el sobre, pero sus manos, las mismas que han realizado varios miles de obras de arte en unos pocos años, se muestran ineptas. Esa zozobra repentina que le impide controlar sus manos le permite tomarse una tregua: poner una pequeña distancia temporal entre su presente —en el que la esperanza de que el test hubiera dado negativo todavía tiene sentido— y el futuro implacable —en el que toda esperanza quedará destruida—. Tiene sida. La sospecha que viene horadando su corazón desde hace unos años se confirma. Tiene sida. Y en 1988 eso significaba poco menos que una segura condena de muerte.

Camina por la calle Houston en dirección al extremo Este. Va apretando contra su pecho el resultado fatal del test, la confirmación del final. Más tarde no podrá recordar cómo hizo para seguir caminando: el cuerpo le temblaba y los sentidos estaban en shock, anestesiados, extenuados, casi en estado de coma. Siempre siguiendo la calle Houston llega a los muelles del East River. La única percepción íntegra que le queda proviene de sus oídos: el gorgoteo del agua y el rumor distante de la ciudad a lo lejos lo despiertan de golpe. Entonces ve el cielo luminoso que le regala esa mañana fría. Un cielo que lo conmueve hasta la desesperación. Está desarmado. Ha vuelto a sentir.

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Se queda sin argumentos ni coartadas y se larga a llorar. Llora sin parar durante horas. Al final, eso lo transforma, lo calma. Descubre que está vivo. Aún está vivo. Descubre que es muy posible que no llegue a viejo (“quisiera llegar a tener 50 —una edad que le parecía demasiado lejana al veinteañero Haring—, quisiera seguir desarrollando mi obra hasta los 50, pero creo que será imposible”, le decía a un amigo, años antes de saber que estaba infectado por el vih). Descubre que quizá no tenga mucho tiempo por delante, pero seguro que tiene tiempo y lo va a aprovechar hasta el final. Conservando dentro de sí el tesoro de la infancia que nunca lo abandonará, a pesar de la proximidad de la muerte, aún está vivo.

La familia Haring vivía en Kutztown, Pensilvania, cuando él nació, el cuatro de mayo de 1958. Pero como no había hospitales en Kutztown, Keith vio la luz en la vecina Reading, una ciudad que tiene el mismo nombre que la cárcel en la que había sido encerrado en 1895 Oscar Wilde, quien llegaría a ser uno de los ídolos intelectuales del futuro adolescente Keith.

Parece que la letra k tenía algún significado especial y secreto para los Haring, ya que los nombres de las tres hermanas de Keith también empiezan con esa letra: Kay, Karen y Kristen. Los Haring eran una típica familia norteamericana de posguerra, que vivía en una pequeña ciudad. Keith era el niño mayor en la casa y el que se destacaba en la escuela. Tanto sus compañeros como sus maestros lo recuerdan como el chico que siempre estaba haciendo, diciendo, pensando y dibujando cosas interesantes. A pesar de que en Kutztown se vivía el clima poco estimulante de una pequeña comunidad rural, todos comprendieron enseguida que Keith era alguien sobresaliente.

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Apenas ingresó a la escuela media se dio cuenta que sólo le interesaba ser artista y eligió lecturas (Nietzsche, Wilde, Cocteau) que lo guiaran en ese camino. Supo desde el principio que es el buen discípulo el que debe elegir a sus maestros. Sus elecciones en el mundo de la plástica eran eclécticas, poco convencionales, típicas de un artista, no de un académico: sus ídolos en el mundo del dibujo eran Walt Disney y Charles Schultz (especialmente, su historieta Charlie Brown).

Andy Warhol, otro de sus ídolos, había estudiado arte en Pittsburgh, y hacia allí marchó Keith Haring para comenzar sus estudios de arte. Pero también fue a Pittsburgh porque resultaba más fácil para un chico pueblerino ir a esa ciudad que dirigirse directamente al centro del mundo del arte: Nueva York. Keith quería salir de Kutztown rápido: el clima pueblerino lo asfixiaba, su sexualidad gay (asumida desde los primeros años de la adolescencia) lo impulsaba a buscar un ambiente más abierto y su deseo de convertirse en un artista le decía que en la provincia no tenía destino. Fue por esa época que comenzó escribir sus diarios, que acaban de ser publicados en castellano.

Su homosexualidad fue el gran tema de su adolescencia y uno de los más importantes durante el resto de su vida. Como muchos jóvenes, Keith Haring descubrió que su deseo no coincidía con las normas que querían imponerle en la escuela, en la familia y en la calle. Y a diferencia de muchos otros chicos, no eligió esconderse. Al principio estaba muy confundido porque sentía que se excitaba cuando estaban todos los muchachos desnudos en el vestuario del colegio. No podía entender por qué a él le gustaban los chicos y no las chicas. Pero ya a temprana edad descubrió, leyendo las biografías de los artistas, que la homosexualidad era mucho más común de lo que se admitía en su pequeño círculo.

Poco después, no sólo su homosexualidad dejó de inquietarlo, sino que comenzó a considerarla glamorosa: la mayoría de la gente que a él le parecía admirable era homosexual. El adolescente Keith Haring pasó en poco tiempo de la confusión por su sexualidad al orgullo: la militancia por la liberación sexual y contra la discriminación fue uno de los ejes de su vida futura.

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Nueva York fue un flash para Keith Haring: no sólo pudo gozar ampliamente de su sexualidad en los muy liberales días anteriores a la difusión masiva del sida, sino que el mismo ambiente cultural era extremadamente energizante. Allí estaban Robert Mapplethorpe, Patty Smith, Madonna, Clemente, Andy Warhol, Jean-Michel Basquiat, Allen Ginsberg, William Burroughs y muchísimos otros más. Pero de la vorágine creativa que era Nueva York a fines de los 70 nada lo fascinó tanto como los artistas del graffiti, que tenían en la red de subterráneos su campo de acción. El admiraba la maestría técnica y la calidad caligráfica de estos artistas. El graffiti le pareció una iluminación: era un arte que estaba cerca de la gente y que parecía no comerciable. Además, cuando llegó a la Escuela de Artes Visuales de Nueva York comprendió que allí podría aprender mucho, en especial en el campo teórico: encontró el sustento crítico que su estilo en formación necesitaba para consolidarse.

En la Escuela de Artes Visuales comenzó a exponer sus dibujos: lo hacía en los pasillos, en los baños, en cualquier recoveco. Al principio eran dibujos abstractos, pero muy pronto empezaron a delinearse personajes más o menos humanos, más o menos animales. Así nacieron el perro, el bebé, el plato volador y el aparato de TV, que se convertirían en sus íconos más reconocibles. De hecho, el bebé se transformó en su firma: por un lado era su figura más popular, pero por otro estaba en sintonía perfecta con el amor y la admiración sin límites que Keith Haring sentía por los niños.

A fines de 1979, al ingresar a una estación de subte, prestó atención a los paneles cubiertos de papeles negros con los que se tapaban las publicidades que iban a ser cambiadas. Ese espacio le pareció ideal para dejar su marca. Salió de la estación, compró tizas y volvió a dibujar. Desde entonces y durante casi cinco años, se pasó buena parte del día dibujando sobre los papeles negros del subte. Dibujar en el subte significaba además actuar: era una performance. Cubrir con dibujos los espacios públicos estaba prohibido y la policía solía detener a los artistas del graffiti. Por eso los dibujos en el subte se hacían a gran velocidad, a veces en segundos.

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Keith Haring, además de los dibujos en el subte y las muestras informales en los pasillos de la Escuela de Artes Visuales, comenzó a realizar videos, que presentaba en las discotecas y otros espacios culturales de vanguardia. Después, comenzó a pintar murales, algunos de los cuales fueron terminados en menos de 30 segundos. En poco tiempo se convirtió en una de las referencias culturales de la Gran Manzana.

Vivía en el East Side, que por entonces reunía a buena parte del mundo artístico y cultural de vanguardia. Allí estaban desde los viejos gurúes de los 60, como Allen Ginsberg (al que Keith conoció en 1979, durante uno de los eventos que para él fue esencial, la Conexión Nova, en la que participaron además William Burroughs, John Giorno y varios otros) hasta Madonna, una de sus amigas, que estaba empezando a ser reconocida. Allí estaban también las nuevas discotecas, las que mezclaban música y ambientación de una manera inédita. En esas discotecas Keith Haring empezó a actuar, a mostrar sus videos y a exponer sus dibujos. También allí experimentó las nuevas formas de baile, como el breakdance (que él registró en muchas de sus obras). Sus dibujos sobre las nuevas danzas empezaron a generar eventos: bailarines espontáneos se ponían a danzar frente a sus murales en la calle o a los graffiti del subte.

Ya era muy conocido cuando un día de comienzos de los 80 fue detenido por la policía por uno de los dibujos que estaba haciendo en el subterráneo. Fue trasladado a una dependencia policial y cuando salió lo estaba esperando una multitud. Ya nada sería lo mismo.

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La gente se llevaba los dibujos que hacía en las estaciones subterráneas. Los marchands iban a su taller y por unos cientos de dólares compraban cualquier cosa que hiciera. Su vida parecía haberse convertido en una locura. Entonces, él, el que siempre había estado contra el mercado del arte, decidió encontrar un galerista que lo represente. Necesitaba alguien que se interpusiera entre la acuciante demanda de su obra y su necesidad de producir. Su primera muestra individual en una galería neoyorquina fue en 1982 en la de Tony Shafrazi, quien fue desde entonces su representante. Esa muestra incluyó dibujos, esculturas, paneles pintados y un ambiente de discoteca.

Muy poco después, mientras en Nueva York la vanguardia lo adoraba pero el stablishment del arte todavía no lo digería, Keith Haring se convirtió en uno de los artistas más solicitados en todo el mundo: en pocos años dio varias veces la vuelta al mundo. En sus Diarios, Keith registra el vértigo en el que vivió sus últimos cinco o seis años, a razón de varios viajes por mes, a veces por semana. Expuso en Tokio, Nápoles, Londres, Colonia, Milán, Munich, Amsterdam, Bordeaux, París, Río de Janeiro, Venecia, San Pablo, Basel y en muchas ciudades más. A pesar de semejante reconocimiento (que Keith Haring valoraba especialmente porque le permitía conocer el mundo), él seguía haciendo sus dibujos en la calle y en el subte de Nueva York. Esto acabó en 1984, cuando descubrió que sus dibujos duraban apenas minutos en las paredes del subte y luego aparecían en las subastas de arte, vendiéndose por muchísimo dinero.

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Su familia se enteró de que el chico homosexual y rebelde que había dejado la casa paterna en 1976 se había convertido en una estrella del mundo cultural, tan famoso como un ídolo pop, cuando Keith volvió a Kutztown y les dio mucho dinero. Al principio, sus padres desconfiaron. No tenían la menor idea de dónde su hijo podría haber obtenido tantos dólares. En el pequeño pueblo en el que vivían no era común ganar mucho dinero legalmente y ni imaginaban lo que era el mundo del arte. Tiempo después aún les sorprendía oír a Yoko Ono decir que Keith era para los 80 lo que los Beatles habían sido para los 60: un artista que había entendido el espíritu de toda una época.

Pero quizá más profundamente que los Beatles (cuyo proyecto Apple no logró cuajar en una empresa autogestionaria), Keith Haring había entendido que el arte moderno no podía quedarse encerrado en el estrecho mundo de las grandes corporaciones. Por eso decidió fundar Pop Shop, su tienda de arte popular, que vende desde remeras hasta relojes y desde afiches hasta ropa para niños. “Mi trabajo se ha vuelto demasiado caro porque es demasiado prestigioso en el mercado del arte. Los precios que alcanzan mis obras originales son casi escandalosos, por eso quise encontrar una forma de llegar con mi obra a cualquiera. Creo que los productos que vendemos en Pop Shop son accesibles a la mayoría”, dijo en una entrevista.

Ese mismo espíritu irreverente y antimercantil fue el que lo opuso a la crítica más conservadora de su tiempo: “Creo que muchos críticos me odian porque no los necesito; mi obra escapa a sus prejuicios y a sus ridículas clasificaciones; me odian porque mi obra y mucha otra gran obra artística no necesita que la interpreten los críticos académicos, porque la mayoría de la gente puede simplemente disfrutarla directamente”, dijo en una de sus declaraciones más duras contra la crítica.

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Keith Haring amaba a los niños y los niños lo amaron a él. Cada vez que pudo creó actividades para que los chicos participaran creando obras de arte. Y varias de las principales obras de Haring están destinadas a los más pequeños (desde un gran mural en un hospital de París hasta otro mural en la guardería de la Casa Blanca, en Washington). Su amor y su respeto por los niños se debía a que Haring creía que ellos eran los únicos capaces de vivir la vida en plenitud, con alegría, y creando permanentemente sin atarse a fórmulas prestigiosas.

Siguiendo a su maestro Wilde, Haring creía que el arte era lo esencial de la vida. En una entrevista respondió: “Desde el punto de vista más integral y básico, el arte es la búsqueda por hacer de la vida algo interesante; no es un ejercicio egocéntrico sino una comunicación; es una devolución a los demás por la alegría de haber hecho juntos el camino de la vida”.

Murió el 16 de febrero de 1990, a los 31. Dejó una obra enorme e irregular, pero siempre fantástica y estimulante. Sus obras más maravillosas se cuentan por cientos, quizá por miles. Cada año desde 1990, en los principales museos del mundo hay una retrospectiva de su trabajo. No es para menos. Haring fue uno de los últimos grandes artistas del siglo XX.

(Este artículo lo publiqué en el suplemento cultural de Clarín, el 5 de agosto de 2001)

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§ 5 respuestas a La perversa inocencia (sobre Keith Haring)

  • Lucía dice:

    No conocía nada de Keith y me encantó leer un texto tan visual. La definición de arte de Haring, es lo más. Gracias Rayo Virtual ¡Alegria!

  • alejandra dice:

    Majestuosa nota!

  • Raul dice:

    Me ha encantado el artículo, y me ha dado una idea de la vida y obra de haring, que he descubierto hace poco por casualidad. Enhorabuena al redactor por al calidad del texto y el.enorme respeto que demuestra al.al . artista. Saludos desde España.

  • Qué tal level, espero poder escribirle a un correo -si fuese ello factible- querido letrista

  • CHA PINEDA dice:

    alguna vez mi hija cuando al menos tenia 8 años, en el colegio pintó un cuadro de haring y me lo regaló del dia del padre y todavía hoy 13 años después lo conservo colgado en mi oficina. No conocía la biografía del artista y me gusto mucho la forma de abordarla del autor

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