El disfraz

20 noviembre 2014 § Deja un comentario


Yo estaba enamorado del Príncipe Valiente. Tenía todos sus libros de la colección Robin Hood. A través de las ilustraciones que acompañaban el relato, me comunicaba con un universo maravilloso: cada lámina echaba pasto seco a las llamas de mi imaginación. Me fascinaba esa melenita que usaba el héroe. Una melenita que nunca se despeinaba, ni siquiera en lo más arduo de la batalla.

A partir de los detalles que el ilustrador prodigaba aquí y allá, yo entreveía un mundo que se asemejaba a mi deseo. Esa pollera de metal, que mi héroe usaba sobre unos extraños pantaloncitos (especie de anticipatorias calzas de nylon), me permitía diseñar en la mente una armadura que podíamos usar los niños mariquitas como yo: soñaba que gracias a esa protección, fuerte y grácil a la vez, los raritos podríamos enfrentar indemnes el acecho del mundo atroz.

Mi infantil fervor religioso era tan acentuado que, durante mi confirmación, el obispo auguró que yo también sería obispo. A los siete años era un fiel medieval: quería creer en cualquier cosa que dijera el catecismo y vivía reflexionando sobre los misterios de la fe que me resultaban arcanos.

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La resurrección de la carne y la vida eterna, la virginidad de María y la Santísima Trinidad no me causaban muchos problemas: pensaba que lo que no podía entender se debía precisamente a que eran “misterios” (y serían unos misterios de pacotilla si la pobre mente de un niño fuese capaz de descubrir el secreto de Dios). Lo que me torturaba de la doctrina católica eran esas creencias que estaban entre la fe y la superstición, pero que abundan en la vida cotidiana de los creyentes. Me torturaba que hubiese que amar a Dios más que a los padres. Tampoco entendía por qué uno debía santiguarse en señal de saludo cada vez que se pasaba frente a una iglesia: ¿Es que Dios era tan desmemoriado que no podía recordar que lo habíamos saludado apenas tres cuadras atrás, cuando pasamos por otro templo? De cuestiones parecidas a estas estaba embargada mi alma de niño misionero.

Había inventado una iglesia, que –lo sospecho ahora– debía ser poco ortodoxa, pero que era muy fastuosa: el altar, armado en una de las dependencias que había en el fondo de mi casa, constaba de varios pisos y estaba forrado de terciopelo y recargado de encajes. Para mí, lo mejor de ser obispo consistía en poder usar –sin ninguna culpa que mancille el placer– esos maravillosos trajes de madama rica, hechos con las telas más raras, adornadas de oro, púrpura y piedras preciosas. Había conseguido muchos jarrones atiborrados de flores, que cambiaba casi a diario; abundaban las velas y las imágenes de santos.

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A mi iglesia concurrían varios niños del barrio que se arrodillaban ante mi altar y juntaban sus manitas devotas con un recogimiento que no se les veía cuando sus madres los arrastraban los domingos a la iglesia oficial. Me sentía feliz como patriarca de esa iglesia, a pesar de que mi culto alentaba sospechas extrañas en mis padres. Ellos solían caer de improviso. Con sigilo abrían la puerta y quedaban pasmados por lo que veían: muchos niños –mis fieles– que permanecían en silencio, mirando extasiados las flores, los santos, las estampitas y los drapeados, en vez de abandonarse depravados a alguna orgía bestial.

Desde muy pequeño amaba los trajes de época y el vestuario espléndido de las películas de Hollywood. Recuerdo una tarde de mi infancia en la que iba con mi tía Fela viajando en un trolebús (era una tranquila Buenos Aires de calles adoquinadas). Mi tía llevaba una revista femenina dedicada al carnaval, llena de fotos de disfraces. Ella quería que yo eligiera uno para lucirlo en el corso de ese año. Me enamoré del traje de gallito. Estaba cansado de ser pirata o de vestirme de gaucho: quería tener plumas de colores, un pico amarillo rabioso y una cresta tan roja que al verla hubiera que entrecerrar los ojos.

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Faltaban aún unos años antes de que leyera esta frase de Oscar Wilde: “Si se le pide a un hombre que nos cuente su vida, mentirá; démosle una máscara y dirá la verdad”. Sin embargo, a los seis años, cuando pedí el disfraz de gallito, yo ya la entendía perfectamente.

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